El francés Jean Pormanove, víctima del «trash stream»: así es el negocio de la humillación ajena

Paulino Vilasoa Boo
P. VILASOA REDACCIÓN

SOCIEDAD

Dado Ruvic | REUTERS

La muerte del creador de contenido galo ha sacado a la luz el submundo de las retransmisiones basadas en retos extremos a cambio de donaciones. Un fenómeno nacido en Rusia del que no es ajeno nuestro país

24 ago 2025 . Actualizado a las 14:24 h.

El trash stream, las emisiones en vivo en las que los creadores de contenido aceptan humillarse hasta extremos indeseables para conseguir donaciones, no es solo cosa de Black Mirror. Por mucho que la ficción de Charlie Brooker inaugurase su última temporada con un episodio que mostraba esta cruel realidad desconocida para muchos, la serie no estaba en esta ocasión previendo un futuro distópico. Este submundo de las «retransmisiones basura», las que consumen y nutren ciertos espectadores que disfrutan de la vejación y la degradación ajena, llevan tiempo entre nosotros, incluso en España.

Pero, como ha sucedido en otros asuntos, ha tenido que pasar una tragedia para traer a la luz pública el debate de los límites en las retransmisiones en el mundo virtual. La muerte en directo de Jean Pormanove, el alias en el mundo del streaming del francés Raphaël Graven, ha sido la que ha hecho a la sociedad francesa —y la del resto del mundo— darse cuenta de esa realidad oculta a simple vista. Su fallecimiento no ha tenido que ver con las vejaciones que, durante más de diez días, llevaban sufriendo él y otro compañero, Coudoux, un discapacitado bajo tutela, por parte de otros compañeros streamers a cambio de donaciones. Pero no hay debate sobre una cosa: nadie merece que sus últimos días —ni ningún otro de su vida— sean en condiciones tan indignas. Más de 298 horas de humillaciones que les reportaron a sus agresores ingresos por más de 36.000 euros en donaciones.

La tendencia del «trash stream»

El caso de Raphaël Graven, el nombre real de Jean Pormanove, es solo la demostración de las consecuencias de la falta de escrúpulos que pueden llegar a darse en redes, y de la que son cómplices tanto los creadores de contenido implicados como los espectadores que lo consumen o lo alientan y las plataformas que lo permiten.

Pero este tipo de directos no son, ni mucho menos, hechos aislados. Ni siquiera la fatal consecuencia que ha supuesto para Pormanove es única. En Rusia, este debate ya se dio hace unos años. Allí nació, se cree, el trash stream a principios de la década de los 10 de este siglo. Ha sido en este país donde el género ha sido más popular, junto con Ucrania o Polonia, donde recibe el nombre de patostream (es decir, «retransmisión patológica»).

El sistema es sencillo. Los streamers en cuestión aceptan someterse a retos por parte de su audiencia a cambio de donaciones. Hay todo tipo de peticiones y desafíos, casi todos ellos degradantes, aunque algunos más inofensivos que otros. Los espectadores pueden pedir desde embadurnarse de huevo o pintura a otras acciones que suponen daño físico para las personas.

El otro caso mortal

Una ristra de escándalos relacionados con estos retos fueron el detonante para que, en el 2024, Rusia acabase decretando la prohibición de este tipo de contenidos por problemas de seguridad pública. El caso más extremo, sucedido en el 2020, implicó al streamer Stas Reeflay, que solía participar hacer desafíos junto a su novia Valentina Grigoryeva, a la que vejaba, atendiendo a las peticiones de su audiencia. En una ocasión le roció espray pimienta mientras descansaba en el sofá; en otra, le rompió platos en la cabeza. Todo para deleite de una audiencia enferma, de algún modo orgullosa de participar en un maltrato en directo.

La cosa se fue de las manos con un nuevo desafío. Un suscriptor le ofreció alrededor de 800 euros si cumplía su petición: dejar a su novia, entonces embarazada, a la intemperie en el exterior de su vivienda cercana a Moscú en pleno diciembre, con el termómetro marcando temperaturas de varios grados bajo cero. Reeflay accedió y dejó a la joven, en ropa interior, congelarse en la calle. Las imágenes que conmocionaron a la sociedad rusa llegaron poco después, cuando metió su cuerpo semidesnudo en casa y la tumbó en el sofá, a la espera de que llegasen los paramédicos. Fue demasiado tarde. La joven falleció de hipotermia, postrada en el sofá mientras él seguía con su directo, que continuó incluso cuando llegaron los doctores, que solo pudieron certificar su muerte. 

El youtuber ruso fue juzgado y condenado a cumplir 15 años de prisión por la muerte de su novia. Y apenas unos años después, la Duma aprobó una ley federal para prohibir este tipo de contenidos online.

La promulgación ley no atendía solo a este caso, sino a una tendencia clara entre ciertos creadores de contenido que solo parecía agravarse tras encadenar escándalos. En el 2020, el blogger Mellstroy invitó a varias chicas a una fiesta en casa, y les ofreció participar en retos. Uno de ellos consistía en estampar con fuerza la cabeza de una de ellas, de 21 años, contra la mesa. Otro streamer, Ivan Pozharnikov, conocido por burlarse de sintecho, acogió a uno en su casa para humillarlo de diferentes formas durante días, desde ahogarlo en agua fría a enterrarlo. 

Una opción de dinero fácil también presente en España

En España no somos ajenos a esta corriente de las retransmisiones en vivo. Es el caso de los asesores financieros Simón Pérez y su pareja, Silvia Charro. Se hicieron conocidos cuando, en el 2017, lanzaron un vídeo para explicar las bondades de las hipotecas a tipo fijo, aunque no fueron sus consejos los que hicieron viral la grabación, sino el hecho de que parecían estar bajo los efectos de las drogas mientras daban su explicación.

Su trayectoria, a pesar de sus conocimientos financieros, fue catastrófica desde ese momento. Se quedaron sin trabajo inmediatamente y perdieron el piso en el que vivían. De modo que, para aprovechar su tirón mediático, decidieron convertirse en youtubers, y la necesidad de dinero los hizo orientarse, precisamente, hacia el trash stream, humillándose a cambio de dinero. Forocoches les pagó por diferentes retos: tatuarse el logotipo del foro por 200 euros o raparse la cabeza por otros 100. Con los años, los vídeos derivaron en Simón disfrazándose con atuendos ridículos, consumiendo sustancias, volcándose un cubo de vómito en la cabeza o bebiéndose su propia orina a petición de los oyentes.

Aunque, aparentemente reformados, intentaron montar un negocio, el fracaso de su empresa los llevó de nuevo a acudir a la autodestrucción como forma de hacer dinero fácil. Hace solo un mes, Silvia Charro anunció que Simón había tomado la decisión de ingresar en un centro psiquiátrico. Pero apenas unas semanas más tarde, reaparecía, muy desmejorado, en un directo de Zonagemelos. Necesitó ayuda para entrar en la habitación y, nada más sentarse, perdió el conocimiento.

@awesomtv

Simón en estado grave tras aparecer en el directo de ZonaGemelos 😱‼ï¸ðŸ’£#simon #zonagemelos #ultimahora

♬ Playmate at a scary scene - Kohrogi

La plataforma de la discordia

Tanto Jean Pormanove como Simón Pérez tienen algo en común, aparte del género de stream al que acabaron dedicándose: la plataforma a la que acudieron para ganar dinero. Kick está ahora bajo la lupa tras la muerte de Pormanove, pero la ministra de Transición Digital francesa, Clara Chappaz, reconoce la dificultad para cortarle las alas a la empresa australiana, que ha destacado siempre por un enfoque en una moderación más «flexible» —casi un eufemismo, ya que su laxitud no conoce límites—, y por las condiciones económicas favorables a los creadores —devuelve a los streamers el 95 % de los ingresos generados, frente al 50 % de sus competidoras—.

Aunque en sus normas de uso sí prohíben expresamente «contenido que representa o incita a la violencia, incluyendo daños, sufrimiento o muerte», así como los que «implican autolesiones», Kick es, en la aplicación de estas reglas, muchísimo más indulgente que alternativas como Twitch. Es, precisamente por esto, la plataforma en la que se refugian los creadores de contenido que han sido baneados en otras plataformas por contenido inapropiado.

El debate sobre Kick lleva ya años candente en Estados Unidos, con denuncias por parte de medios como el New York Times sobre crímenes cometidos en directo en la plataforma, como casos de acoso sexual, y alertas sobre la presencia habitual de sexo en vivo, anuncios de juguetes sexuales a niños o insinuaciones a chicas menores de edad. «Es un patio de recreo para los degenerados», la definió la activista contra el odio en el mundo del videojuego Kristin Gillespie. Desgraciadamente, en un país que pone la libertad de expresión por encima de cualquier otra consideración, sus advertencias han caído por el momento en saco roto.

Pero lo cierto es que, en el caso de Jean Pormanove, Kick sí ha actuado ya en dos ocasiones. La primera, cuando en diciembre se denunció el maltrato que sufría el creador de contenido como parte de un negocio de la humillación que ya duraba entonces cuatro años. En aquel momento, se le suspendió su canal durante un tiempo. La segunda fue ahora, tras su muerte, especialmente a consecuencia del debate surgido en Francia por las actitudes vejatorias contra él durante las más de 298 horas de retransmisión. Desde entonces, Kick ha bloqueado a todos los streamers implicados, y se ha comprometido tras una reunión con el regulador digital galo a ser más rígido con su moderación.

La sociedad francesa ya ha sentenciado esta práctica tras las circunstancias en las que murió Pormanove, pero ni la ministra ni la plataforma ven la prohibición total de este tipo de retransmisiones como algo cercano. Kick se escuda en que «las retransmisiones en vivo son, por su propia naturaleza, impredecibles», mientras que el alto cargo del Gobierno francés se ve atada de manos en sus competencias. El debate no ha hecho más que empezar, y no parece estar cerca de acabarse.