
Con profunda tristeza y una inmensa gratitud, despedimos al profesor José Peña Guitián, figura irrepetible de la pediatría española, maestro de generaciones y referente incuestionable en nuestra medicina. Su fallecimiento deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado imborrable que seguirá inspirándonos.
Tuve la fortuna de conocer al profesor Peña Guitián primero a través de mi familia, y después, de algún modo, formando parte de la suya. Era ya entonces un nombre respetado, casi mítico, en los pasillos de los hospitales y en las conversaciones entre pediatras. Con el tiempo, la vida me regaló algo mucho más valioso: la posibilidad de compartir de cerca su magisterio, de establecer una complicidad personal y profesional que fue para mí un estímulo constante. Su sabiduría, su rigor, su humor agudo y su cercanía crearon un vínculo único que me acompañará siempre.
Ha sido, sin duda, el baluarte de la pediatría moderna en Galicia y en España. Su visión, su compromiso con el conocimiento y su insaciable curiosidad científica marcaron un antes y un después. Más allá de lo académico, formó y transformó a generaciones de pediatras, transmitiendo una manera ética, humana y crítica de ejercer la medicina. Nacido en Láncara (Lugo) en 1926, se licenció en Medicina en Santiago y se doctoró en Madrid con la máxima distinción. Se formó en centros de referencia de Europa, pero su vocación fue siempre construir desde Galicia una pediatría de excelencia. Y lo logró. Desde su cátedra en Santiago y la dirección de la Escuela de Puericultura, sembró con generosidad y rigor las bases de una pediatría moderna y comprometida. Presidió la Asociación Española de Pediatría, la Sociedad de Pediatría de Galicia y fue miembro de instituciones científicas nacionales e internacionales. Su nombre está ligado incluso a la literatura médica con la «condrodisplasia metafisaria tipo Peña», entre otros logros. Pero más allá de títulos y distinciones —entre ellas la Gran Cruz de Sanidad, la Medalla Castelao o el Premio Nóvoa Santos—, el profesor Peña Guitián fue, sobre todo, un maestro. En el sentido más profundo y noble: quien no solo enseña, sino que transforma, despierta vocaciones e inspira. Su voz seguirá resonando en las aulas, en los hospitales, en las publicaciones científicas y, sobre todo, en el corazón de quienes tuvimos el privilegio de aprender a su lado.
Hoy lo despedimos con dolor, pero también con gratitud. Porque los grandes maestros, como él, nunca se van del todo. Quedan en la memoria, en los valores que sembraron, y en la historia de la profesión que ayudaron a engrandecer
Descansa en paz, querido maestro. Gracias por tanto.
Federico Martinón es jefe de Pediatría del CHUS.