El mapa perdido

Luis Ferrer i Balsebre
LUIS FERRER I BALSEBRE EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

Violentos enmascarados durante los disturbios de la semana pasada en París.
Violentos enmascarados durante los disturbios de la semana pasada en París. Jack Taylor | REUTERS

Hay en la psiquiatría de trinchera y en la antropología de salón un acuerdo callado sobre la importancia de las raíces. Allá por los años setenta del siglo pasado, cuando el mundo aún se medía con relojes de cuerda y las familias se sentaban a cenar, la antropóloga Margaret Mead tuvo una intuición profética. Dividió las estructuras sociales en tres modos de transmisión del conocimiento: las sociedades posfigurativas, las cofigurativas y las prefigurativas.

La sociedad posfigurativa es aquella en la que los jóvenes aprenden del anciano. El abuelo guarda el secreto del fuego, de la siembra y de la moral, esa fue, la infancia de los boomers (1946-1964). Crecieron en la certeza de que el esfuerzo compraba una casa y que la experiencia de los mayores cotizaba en bolsa. Luego vinieron los millennials (1981-1996), atrapados en la cofiguración. La cofiguración ocurre cuando el presente cambia tan deprisa que el modelo de los padres deja de servir y los jóvenes tienen que aprender los unos de los otros. Se miran entre iguales, ensayan modas, inventan vocabularios, pero aún conservan en la retina la nostalgia de un mundo ordenado.

Y de pronto, irrumpió la Generación Z (1997?2012). Con ellos se consuma la ruptura definitiva y nos adentramos sin anestesia en la sociedad prefigurativa: escenario insólito, en el que son los adultos los que deben ser enseñados por los niños. El padre pregunta al hijo de 15 años cómo descifrar la selva digital, cómo entender las dinámicas de las redes y cómo sobrevivir en la modernidad líquida. ¿Qué ocurre en una tribu cuando los ancianos pierden el mapa de la sabiduría? Ocurre, sencillamente, la pérdida total de la autoridad moral. Y es precisamente en esta grieta antropológica donde hay que buscar la raíz de las algaradas que inflaman el asfalto de las capitales europeas. Nos equivocamos de plano cuando tratamos de interpretar el contenedor quemado bajo antiguas coordenadas ideológicas. No hay ahí, en la mayoría de los casos, una doctrina marxista o neonazi articuladas a la vieja usanza. Lo que hay en esta masa violenta es la desesperación del huérfano de referentes.

El joven se descubre sin referentes morales que aporten algo en el mundo de la IA. Cuando la experiencia del adulto queda obsoleta, el respeto por las instituciones que el adulto construyó se volatiliza. Se quema la calle no para tomar el poder —nadie parece saber qué hacer con él si lo consiguiera—, sino para certificar ante el teléfono móvil que se está vivo, que se existe.

Los viejos observan desde la ventana el humo de los disturbios tachando a los jóvenes de violentos, incapaces de comprender que el fuego de afuera no es más que el reflejo del vacío de adentro. En esta cultura, los hijos se sienten extraños en su propia tierra porque sus padres se han convertido en inmigrantes al tiempo de ellos. Si trasladamos lo anterior hacia el fenómeno de la cultura inmigrante en Europa, la ecuación se convierte en un drama antropológico. La algarada callejera une aquí al choque de generaciones, y a un choque tectónico de civilizaciones y tiempos. En muchas familias de origen migrante el modelo tradicional de las culturas de origen suele ser fuertemente posfigurativo. En sus países la palabra del padre, el respeto a los mayores y la tradición constituyen el ancla inamovible de la sociedad. Salta bruscamente de una sociedad posfigurativa —donde el padre enseña al hijo— a una prefigurativa radical donde el hijo tiene que guiar al padre por un territorio desconocido y sin mapa actualizado alguno. Los hijos de inmigrantes nacidos en Europa sufren un doble destierro identitario: no son reconocidos como «auténticos nacionales» en la sociedad de acogida y tampoco pertenecen culturalmente al país de sus padres, cuyas costumbres viven como folklóricas.

Si el joven autóctono europeo ya se siente huérfano de un futuro claro, el joven inmigrante experimenta, además, una orfandad de suelo y de historia. Sus padres no tienen un mapa útil para orientarlos en la jungla urbana occidental, mientras la sociedad de acogida les ofrece un escaparate de consumo inalcanzable. Ante la quiebra de la autoridad paterna y la incapacidad de las instituciones europeas para integrarlos simbólicamente, la algarada callejera se convierte en un sólido espacio de pertenencia. Si las sociedades europeas son incapaces de ofrecer un relato común, un futuro con sentido y una autoridad integradora ni siquiera a sus propios hijos, menos aún pueden hacerlo con los hijos de aquellos que vienen de fuera. El resultado es este magma de rabia juvenil. Un grito a oscuras en el asfalto protagonizado por quienes fueron empujados a aprender a vivir en un mundo sin mapas donde nadie, ni sus padres ni sus maestros,