Monforte y As Pontes: algo se hace mal
OPINIÓN
Hay noticias que, leídas por separado, parecen no tener relación. Sin embargo, cuando coinciden en el tiempo revelan una misma forma de entender el patrimonio. Es lo que ha ocurrido con el segundo rechazo de la candidatura de la Ribeira Sacra a Patrimonio Mundial de la Unesco y el derribo de las torres de refrigeración de la central térmica de As Pontes.
La primera noticia ha provocado decepción; la segunda, apenas resignación. Pero ambas apuntan al mismo problema: seguimos confundiendo qué es el patrimonio y para qué sirve.
La decisión de Icomos, organismo asesor de la Unesco, no debería interpretarse como un fracaso, sino como una llamada de atención. La Ribeira Sacra posee una extraordinaria belleza paisajística, una rica historia y un enorme potencial turístico. Sin embargo, la Unesco no distingue simplemente lugares bellos, sino bienes con un valor universal excepcional.
Ese es el verdadero reto. La Ribeira Sacra comparte muchas características con otros paisajes culturales europeos ya reconocidos, como el valle del Duero portugués. La candidatura necesita apoyarse en aquellos valores históricos, culturales y territoriales que realmente la diferencien, más allá de su indudable atractivo paisajístico.
Mientras debatimos cómo lograr ese reconocimiento, desaparece otro patrimonio cuyo valor internacional resultaba mucho más evidente. La demolición de la central térmica de As Pontes supone la pérdida de uno de los mayores conjuntos de patrimonio industrial de España, un testimonio de la evolución tecnológica, energética y territorial del siglo XX.
La Unesco lleva décadas reconociendo este tipo de paisajes industriales. El complejo minero e industrial de Zollverein, en Essen (Alemania), declarado Patrimonio Mundial en el 2001, demuestra que antiguas instalaciones como la de As Pontes pueden convertirse en referentes culturales por su valor histórico, tecnológico y social. Aquí, sin embargo, hacemos lo contrario. Destruimos un patrimonio que podría haber encontrado un lugar en ese relato internacional mientras impulsamos candidaturas cuya excepcionalidad resulta más difícil de justificar.
El problema, probablemente, no sea técnico, sino conceptual. Con demasiada frecuencia se persigue la declaración de Patrimonio Mundial como una herramienta de promoción turística, cuando su finalidad es precisamente la contraria: proteger y conservar bienes cuyo valor pertenece a toda la humanidad. El turismo puede ser una consecuencia, pero nunca la razón principal. Incluso a veces puede ser una amenaza.
Quizá haya llegado el momento de cambiar la perspectiva. Antes de preguntarnos qué patrimonio puede atraer más visitantes, deberíamos preguntarnos qué patrimonio merece realmente ser conservado. Porque la paradoja es evidente: aspiramos a proteger lo que cuesta demostrar que es excepcional y, al mismo tiempo, dejamos desaparecer aquello que sí podía explicar una parte singular de nuestra historia. Algo, evidentemente, no se está haciendo bien.