Observo el entorno y veo que algo está cambiando. Espero que vaya más allá de la estética. Aunque la belleza sea el mayor atractivo para que ciudades, y tantos otros lugares, consigan atrapar a propios y visitantes en la tarea de descubrir qué hay detrás de una valla nunca superada; una calle, enmarcada por fachadas con balcones, ventanas o galerías que son puro arte, con la invisible rúbrica de los artistas que han creado un paisaje urbano que semeja un museo sin «fronteras». Es este el marco en el que quiero situar lo más importante: las personas. Estas Navidades he podido disfrutar de un hermosísimo espectáculo, de encuentros entrañables, de luz y de un curioso ejercicio: el imposible rescate de una silla. Porque las terrazas fueron el principal objeto de deseo. Y el corazón de Ferrol se convirtió en una gran terraza discontinua, tan atrayente como insuficiente.
Pero esto es solo una anécdota. La realidad es que hay motivos para celebrar la entrada de un nuevo año que en Ferrol se acompaña de un hermoso acto: la entrega del premio de ferrolano/a del año que recibirá, el día de San Julián, Esperanza Piñeiro, viguesa de nacimiento que, porque quiere, se siente, también, ferrolana —milagros del corazón—. Lean, si no lo han hecho, la extraordinaria entrevista que le hace R. Loureiro —La Voz de Galicia, sábado, día 3—. Esperanza en estado puro: investigadora serena pero apasionada, inteligente y sensible a todo lo que alegra o duele... Comprometida con un Ferrol de excelencia, por el que trabaja sin descanso. Ella es, además, dulce hogar, para quien llama a su puerta. Y mucho más, compañera del alma, esperanza y ejemplo de unir voluntades.