Un tipo de Maceda visitó hace unas décadas el Nueva York previo al 11S, aquella ciudad despampanante y acogedora, como si en lugar del charco hubiese cruzado el río Arnoia. Todo aquel bullicio le impresionó lo justo, resuelto a mantener algunas costumbres innegociables. La más firme de todas era almorzar todos los días con una bola de pan como la de su pueblo. Los anfitriones del tipo de Maceda conocían muy bien la oferta repostera de la ciudad, muy propensa entonces al Dunkin’ Donuts, y sabían que encontrar por Manhattan algo parecido a lo que exigía el invitado era imposible. Pero en unas pocas horas, el hombre localizó en un despacho de harinas de Little Italy una hogaza con aspecto de ser de Cea que, además de aplacar el ansia culinaria del visitante demostró, a los anfitriones que nunca que hay que dar una batalla por perdida ni despreciar la adicción de una persona por un pan como dios manda.
Recordé el asombroso afán del de Maceda el otro día cuando los medios se llenaron de referencias a una panadería que ha abierto en el SoHo un tal Martín Auer, que le clava a sus clientes 60 dólares por una hogaza de centeno de quilo y medio. El jicho relaciona el atraco con el transporte de la harina desde Austria y el precio de los alquileres en Manhattan, pero al ver las colas que a diario se forman en la panadería Rye pensé que aquel visitante de hace unas décadas tenía más razón que un santo y que en su obsesión había una visión.
Desazona que la ocurrencia la haya tenido un austríaco, por mucha tradición familiar que atesore y aunque la masa madre de su pan de centeno lleve viva cincuenta años. Aquí hemos perdido una ocasión de oro para expandir las fronteras de nuestros panes y exprimir su valor añadido, tantas veces nuestra asignatura pendiente. Aun así, hay algo muy reconfortante en esta nueva edad de oro que parece vivir el negocio en las ciudades de Galicia, con despachos de barras, bolas, bolos o roscas hechos de la manera adecuada. Una panadería que cuece de madrugada es un símbolo de resistencia, y sus olores, el perfume de un mundo que sigue vivo. Puede que Auer tenga razón y esas bolas valgan 60 dólares.