El otro día vi una foto de la antigua iglesia de los jesuitas, en la calle Juana de Vega de A Coruña. Es un ejemplo, porque hay otros mil. Para quien no tenga la imagen de ese templo presente, sepan que empezó a construirse el 13 de mayo de 1899, cuando A Coruña tenía 40.000 habitantes, y era de estilo neogótico. La piqueta se la llevó por delante en 1992 y fue sustituida por un edificio nuevo. En la peripecia que llevó al inmueble hacia su muerte, muchos arquitectos desmintieron el valor monumental del edificio, su singularidad histórica y su viabilidad estructural. Hay muchos otros ejemplos en esta ciudad y en el resto de Galicia de construcciones valiosas, incrustadas en la memoria de sus habitantes, que no resistieron la presión de la especulación ni al afán por enriquecerse de personajes que, a pesar de su culpabilidad, siguen siendo considerados eminentes ciudadanos sin que la historia los haya juzgado. En A Coruña, ¡en el año 2002!, la piqueta se llevó por delante el asilo de Adelaida Muro, de Juan de Ciórraga. Ni el informe de la escuela de arquitectura en el que era presentado como «una de las escasas muestras que se conservan en Galicia de la tipología arquitectónica asistencial», ni las 10.000 firmas que se recogieron para frenar el derribo consiguieron salvar el edificio.
Galicia está plagada de sacrificios así. Los mercados de A Laxe y O Progreso, el gran café Colón o el castillo de San Sebastián, en Vigo; el hotel Roma, en Ourense; el edificio Castromil, en Santiago; el Gran Teatro o la Eléctrica lucense, en Lugo. La lista es dolorosa e interminable, esculpida en una época de impunidad flagrante y que asoma como una punzada a través de las fotografías que se conservan de esa larga lista de cadáveres que también son memoria enterrada y descuidada. No se trata de una falsa nostalgia urbanística, ni de una descuidada o bruta interpretación de lo que vale o no en arquitectura. Porque hay un consenso flagrante en considerar esas pérdidas un quebranto. En muchos casos, sobre los solares de tanto ladrillo ilustre se levantaron edificios anodinos o directamente despreciables. A veces, urbanizaciones de lujo. Lo más asombroso es que algunos de los responsables de tanta desfeita sigan aquí. Dando lecciones.