Carlos Rodríguez, experto en adolescentes: «Los hijos se portan peor con las madres, y tiene una explicación profunda»
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«En los padres veo dos errores muy típicos», apunta este gallego que acaba de presentar «Calma» y es especialista en neurociencia y dinámica familiar. Él aprendió del apoyo de su familia en una enfermedad que tuvo en la infancia. «Los adolescentes no son complicados, ¡su cerebro está en obras!», sostiene
03 ene 2026 . Actualizado a las 10:16 h.Ante un conflicto con un hijo adolescente, párate y escucha antes de entrar en erupción. Que salga el chico de 15 años que fuiste antes que ese adulto cansado y lleno de prisas que se apodera de ti pasadas las siete de la tarde. ¿Pero por qué no me cuenta nada?, ¿por qué llega tarde y no coge el móvil?, ¿por qué explota con su madre y no con los demás? A cuestiones como estas da respuestas Carlos Rodríguez, terapeuta y experto en relaciones entre padres y adolescentes, y autor de la seguida cuenta Madresconadolescentes, que este especialista gallego en inteligencia emocional y neurociencia dirige también a padres, a todo el contexto familiar.
—¿Qué hace un chico como tú entre madres de adolescentes? ¿Cómo empezó todo, fue algo personal?
—Con 4 o 5 años tuve un desprendimiento de retina, lo que me generó la pérdida de visión del ojo izquierdo. Fue un proceso largo, de años y operaciones. Cuando entré en la adolescencia, vamos a decir que yo era un poco travieso y empezaron a resurgirme los problemas que esta enfermedad me estuvo dando. Tuve una adolescencia bonita, pero cuando llegué a ella todo empezó a salir a la luz a nivel emocional. Pequeñas inseguridades. Un día tuve una especie de telaraña en el ojo y me empezaron a entrar pensamientos de «me voy a quedar ciego». Fueron los principios de una ansiedad. Desde mi miedo y vulnerabilidad empecé a entender lo que era una familia. Quiero decir que mis padres no son una familia perfecta...
—¿Pero existen?
—No creo. Nadie es perfecto, la base del ser humano es la imperfección. Nadie necesita unos padres perfectos. Yo no los necesitaba, necesitaba unos padres que me entendieran y apoyaran. Mi familia me dio apoyo, comprensión, diálogo y presencia. Como tuve la gran suerte de tener estos padres, con los que podía hablar de todo.
—¿Se puede, y se debe, hablar de todo con los padres?
—Con los míos yo pude hablar de todo. De drogas, relaciones, proyectos, finanzas... Y esto crea vínculo.
—¿Eres el ejemplo de que esa cercanía con los padres funciona?
—Obvio. Como fui adolescente, y un poco traste, y crecí en esa confianza con mis padres, sé lo importante que es la familia en la adolescencia. Es un punto de intervención antes de la vida adulta. Como yo lo he pasado, sé que la adolescencia se puede redirigir y reparar. Por eso me dedico a esto.
—¿Nos marca al 50 % la infancia? ¿Hasta qué punto se puede reparar lo que viene de esos primeros años?
—Hay que partir de que, a grandes rasgos, hay tres etapas: niñez, adolescencia y etapa adulta. En la infancia construimos todo y en la adultez lo que nos pasa a veces es que queremos reparar, algo tarde, lo que en la adolescencia no hemos hecho. ¿Por qué digo que es tan importante la adolescencia? Porque es el punto intermedio para poder reparar, por ejemplo, la autoestima. Yo la tenía baja. Es el momento de conocernos. A nivel cerebral, es una etapa muy-muy intensa en lo emocional. Todo se multiplica por tres o cuatro. En la ciencia se dice que la etapa madurativa del cerebro suele acabar sobre los 23 o los 24 años. Escucho a muchas madres eso de «es que los adolescente son muy complicados»...
—¿Son complicados?
—No, no es que los adolescentes sean complicados. ¡Es que su cerebro está en obras! Está en construcción su autonomía, su autoconocimiento. Si no les acompañamos bien en esta etapa vamos a dejar cosas al azar que luego costarán años de terapia.
—¿Cómo se encuentra el camino del medio entre ser padres intrusos y seres ausentes en la adolescencia?
—Ojalá hubiera un manual de instrucciones en que te aseguraran que «esto es así» y fuera dicho y hecho. A día de hoy, que llevo trabajado tiempo con muchas familias, he encontrado dos errores muy típicos en los adultos: el control excesivo y la retirada por agotamiento. Ser autoritario no funciona. La dejadez tampoco. Y para mí esto es lo más difícil: ser padres presentes, firmes y a la vez sensibles con lo que hay. Para mí el papel de madres y padres es: acompañar sin invadir, poner límites sin humillar y escuchar sin perder la autoridad.
—¿Hay límites necesarios?
—Obligatorios. Pero no podemos juzgarles ni limitarnos al «lo digo yo y punto». Es importante saber que los padres de adolescentes venimos de dos fases: de la educación de hace 30 o 40 años a tener un hijo... ¿Cómo ha cambiado este mundo en 20-30 años? A ti si te presionan para que hagas algo, para que consigas algo..., ¿qué haces? Un padre nunca tiene que plantearle a un hijo esa exigencia de «tú tienes algo que demostrar». ¿Por qué? Porque es probable que si tus padres son así tu acabes siendo muy autoexigente contigo misma. La exigencia puede ser sutil. Antiguamente se marcaba el rol de «si apruebas eres lista y te irá bien la vida». La educación de hace 30 o 40 años tiene esos roles inculcados. Entonces, algunos padres los marcan porque a nadie le enseñan herramientas ni estrategias para manejar las situaciones. Antes se decía que «un hombre no llora». Muchos niños han aprendido que los hombres no lloran. ¿Es lo cierto? No. A día de hoy se sabe que llorar es bueno, que todas las emociones son buenas. Hay que poner cada emoción en contexto. Llorar te dice que hay algo que duele, que te impactó, te chocó... Antes tampoco los niños podían jugar con Barbies ni las niñas con camiones. ¿Por qué? ¿Por qué un niño no puede ir de color rosa?
—Hemos avanzado, pero hay cosas que aún cuestan. No todo el mundo acepta con naturalidad a un niño de rosa o de muñecas y cocinitas.
—Eso viene de una cultura de estereotipos, y es triste. De ahí vienen muchos problemas de «no me siento identificado como chico con lo que es un hombre según los estereotipos culturales marcados».
—¿La identidad sexual se construye en la esfera de lo íntimo, debe rehuir esos marcados estereotipos sociales?
—Efectivamente. Tú te identificas como hombre porque tienes órganos masculinos, hay una biología, una psicobiología y una determinación física. Por pintarte las uñas o hacer ballet no eres menos ni más hombre. Si los roles te dicen que «un hombre no hace ballet y no se pinta las uñas» hay un choque emocional. Y esto da lugar a problemas y malentendidos graves.
—Autor de la cuenta «Madresconadolescentes» en redes. ¿Por qué te diriges a las madres? ¿Es distinto el papel de un padre y de una madre?
—Me centro especialmente en las madres porque en la mayoría de las casas la madre es el motor, el eje emocional de la familia. Y no lo digo desde una percepción o ideología. Sino desde la neurociencia, desde la psicología del vínculo y desde una experiencia real. Doy formaciones a nivel de ayuntamiento, y el 98 % de los que participan son madres. Yo no excluyo a los padres, trabajo la familia entera, pero quien sufre más el conflicto con los hijos y quien pide ayuda siempre es la madre. Esto no significa que esté en contra de los padres.
—¿Tenemos o no, en general, padres y madres papeles y sentimientos diferenciados con los hijos e hijas?
—Vamos a empezar por la madre. Con la madre los hijos se portan peor. ¿Por qué? Es algo que tiene una explicación profunda: el adolescente siempre se va a portar peor con quien tiene un vínculo emocional más seguro. Y ese vínculo es con la madre casi siempre. No se cumple en el cien por cien de los casos. Puede haber carencia de la figura maternal. Pero con la madre suele haber en la mayoría de los casos más base afectiva. Siempre que trabajo con los hijos, lo que veo que sienten es «pase por lo que pase, mamá seguirá aquí». Es algo paradójico pero real: descargan con la persona que más quieren. Porque se sienten a salvo emocionalmente. «Con mamá no necesito una máscara». La que llevan con su padre, con los amigos, con un familia... no la necesitan con mamá. «Con mamá puedo ser yo», sienten.
—Pero la madre no debe ser «la escombrera emocional de los hijos». ¿Cómo prevenimos el abuso de un adolescente, el perder en ese apoyo incondicional que hay que darle el respeto, que nos respete además de querernos como madre?
—Desde mi punto de vista, somos demasiado permisivos. Y los valores son innegociables. El respeto y la dignidad, como algunas normas, son innegociables. Hay que marcar bien estos límites. No son castigos, son límites. Pero los límites empiezan en la escucha activa y la empatía. Cuando somos padres, tenemos que pensar en cuando éramos nosotros los adolescentes. Piensa en tu primer amor de adolescente... En ese momento estamos tan activos a nivel emocional que nos parece el amor de nuestra vida. Y un adulto te dirá: «No hombre, en la vida pasan muchas cosas y vas a tener muchas parejas a lo largo de tu vida». En este caso no hay empatía. Si le dices esto, tu hijo va a entender: «Me juzga, no me entiende». Entonces, se enfría y se distancia.
—Y aquí procede traer esa famosa frase de madre que expones en tu cuenta: «Mi hijo a mí nunca me cuenta nada». Entonces, ¿no les entendemos ni escuchamos bien?
—Muchas veces no les entendemos porque hacemos muy poco desde nuestra madurez. ¿Por qué no te cuenta tu hijo las cosas? Pues, hombre, porque cuando te las ha contado se ha sentido juzgado, corregido o castigado. Ellos hablan cuando se sienten seguros. Parece que a veces buscar el peor momento para contarte algo... Justo cuando estás cocinando. Pero es ahí cuando se mide la verdadera escucha de un padre y de una madre. Es importante que al escucharles y hablarles, lo hagas desde la confianza, no desde el miedo.
FOTO: CELE RODRÍGUEZ