Mientras uso un tipo Calibri 12 para escribir estas líneas devoro la madre de todas las polarizaciones porque ni el polemista más mordiente hubiese imaginado que en las tipografías también hay argumentos para tirarse del moño. Pongámonos en contexto. En enero del año 2023, el departamento de Estado de la Administración Biden decidió sustituir la letra Times New Roman por la Calibri en todas las comunicaciones oficiales. La decisión atendía a razones de comodidad en la lectura, pues esta segunda tipografía vive despejada de las serifas típicas de la New Roman y otras letras clásicas y que son esos pequeños trazos o recovecos que dan colerete a este tipo de signos y que la Calibri elimina de manera tajante en una apuesta por el minimalismo que muchas vistas agradecen. Pero en un episodio de la guerra cultural que no vimos venir, el nuevo secretario de Estado, Marco Rubio, ha dado la orden de regresar a la Times New Roman, exiliar a la Calibri por woke y «restaurar el decoro y la profesionalidad en el trabajo escrito del departamento». La instrucción afecta también al tamaño de fuente estándar, que pasará de 14 a 15, lo que quizás indique un cierto problema de presbicia institucional que requiere de tamaños mayores.
La Administración estadounidense había utilizado la tipografía restaurada ahora por Rubio entre los años 2003 y 2023 gracias a una decisión que encerraba un homenaje involuntario al periodismo, pues la New Roman había sido creada por Stanley Morison y diseñada por Victor Lardent en 1931 para el periódico The Times. Entre 1932 y 1972 fue la tipografía oficial del rotativo londinense.
Que a Trump no le guste la Calibri le concederá a esta letra una biografía al menos tan amena como la que exhiben otras tipografías cargadas de historia. Ahí está la pobre Comic Sans, la letra más odiada del mundo, con los diseñadores más petardos organizados en colectivos que invitan a jurar que nunca usarán un tipo que ha caído en desgracia víctima del mal uso y el abuso. O la Gotham, identificada para siempre con Barack Obama tras apostar por ella en la campaña del 2008 que lo convirtió en presidente de Estados Unidos. La había diseñado ocho años antes Tobias Frere-Jones por encargo de la revista GQ y se presenta como «masculina, nueva, fresca» y muy neoyorquina. En España es la tipografía del PP. Y la tipografía de Podemos. Así que quizás Marco Rubio sí que entiende bien lo que ocultan las letras.