Óscar Rosa, detective privado: «Si quieres que se investigue a alguien, tienes que cumplir una condición»

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Óscar Rosa, detective privado.
Óscar Rosa, detective privado. Edu Rosa.

«No toda la gente a cuya puerta he tenido que llamar quería ser localizada», apunta el hermano mayor de toda una saga de detectives que siempre llevan en el maletero otra ropa

02 abr 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Óscar Rosa lo deja claro desde el principio: «Los detectives no tenemos una pistola escondida en el coche o en el despacho, ni salimos de casa con una gabardina negra, solo me la pongo los días de lluvia, igual que tú». Es el mayor de cuatro hermanos, todos ellos detectives y socios de dos agencias heredadas de su padre, una en Málaga y otra en Madrid. No solo investiga, sino que también divulga acerca de su trabajo. Lo solía hacer en conferencias, aunque ahora escribe también sobre ello en su nuevo libro, De Baker Street al Paseo de la Castellana (Ariel, 2025).

—¿La sociedad entiende bien tu profesión, o el cine y la literatura nos han hecho creer lo que no es?

—Lo segundo. Creo que la profesión de detective privado es posiblemente una de las más conocidas en el mundo, por novelas, por series y por películas, pero lo que se conoce es el detective de ficción. Creo que muchas veces, tanto los directores de cine, de series, como los escritores, aprovechan ese estereotipo porque tampoco se quieren complicar mucho en profundizar. Es mucho más sencillo trabajar con un personaje que tenga conflictos con la ley, que lleve arma, que sea alcohólico, que tome estupefacientes, que profundizar un poco y conocer realmente a qué nos dedicamos. Por eso creo que también somos una de las profesiones más desconocidas.

—¿Qué mitos ves con frecuencia?

—Hay muchos. Por ejemplo, algunas personas piensan que llevamos armas, y en España el detective no las lleva y, si lo hace, tiene que pasar un examen y conseguir una licencia, como cualquier ciudadano. También hay que estudiar tres años de un título para obtener una formación, un diploma, y luego acreditarte como detective privado. No podemos investigar delitos públicos, como asesinatos, tan solo delitos privados a instancia de un cliente. Y además, siempre tiene que haber interés legítimo, una justificación real para pedir esa investigación. Incluso hay muchas veces que tenemos que decirle a un cliente: «Señor, esto no se puede hacer porque es ilegal». Hay mucho desconocimiento, por eso creo que el libro puede abrir los ojos de la gente, y que entiendan la diferencia entre el personaje de ficción y el real.

—En el prólogo cuentas que tu hijo dijo en clase que su padre era detective. ¿No lo lleváis en secreto?

—No, está claro que puedes encontrarte con un gran número de profesionales que no van a contarlo, también depende a quién. Pero no puedes controlarlo con tus hijos. El problema de que la gente lo sepa puede aparecer si vives en un pueblo pequeño, porque puede surgir una investigación y que te conozcan. Pero lo habitual es que el detective privado no tenga ningún tipo de inconveniente en reconocer a qué se dedica. Eso sí, cuando estás en una cena con amigos, y alguien que no te conoce te pregunta a qué te dedicas, en ese momento es como si se apagara la música del local, te pusiesen un foco de luz y alguien dijese: «Con todos ustedes, el detective». Empiezas un monólogo y te conviertes en la estrella improvisada de todas las preguntas que te hacen. La gente se sorprende, y realmente, somos más o menos unos 1.500 profesionales en toda España. Tenemos un colectivo y una regulación desde el año 1951.

—¿Qué puede investigar un detective privado y qué no?

—Hay una condición, y es que el cliente tiene que tener una relación con la persona investigada. Ese vínculo puede ser una relación contractual o puede ser familiar. Es decir, tú puedes solicitar una investigación sobre uno de tus empleados, sobre un cliente, un proveedor, sobre tu pareja, tus hijos o sobre un asegurado, si eres un asegurador. Puedo buscar a un heredero o a un desaparecido. También es necesario que haya una justificación real para poder investigar. Es decir, tú me puedes solicitar una investigación sobre tu hijo para conocer las rutinas y los hábitos que él tiene de noche, pero lo que no puedes es encargarme una investigación del hijo de tu vecino para ver qué hace de noche, porque no existe ni una relación ni un interés legítimo.

—¿Seguís unas normas?

—Una vez aceptado el encargo, tengo que cumplir una serie de normas éticas y morales. Por ejemplo, si alguien me contrata para saber si su pareja le es fiel, puedo hacer una vigilancia, puedo seguirlo, puedo ver si la pareja se da un beso, si entra en un hotel, si van cogidos de la mano, pero no puedo acceder al WhatsApp, no puedo tener claves para entrar en su correo electrónico ni puedo poner una cámara de acceso dentro de una habitación de un hotel. No cumpliría la ley.

—Dame un ejemplo de un caso que hayas tenido que rechazar.

—Te voy a poner el mismo caso, contado desde dos perspectivas. Una empresa me quiere contratar porque tiene un empleado que está de baja y sabe que es mentira por rumores en la compañía. Yo le hago el seguimiento dentro de la legalidad y descubro que va al gimnasio, a la playa y a la piscina. Con esto demuestro que su baja es un fraude y la empresa puede despedirlo porque está mintiendo. Ahora, imagínate que venga un amigo de un amigo que me quiere contratar para que haga una investigación con la que chantajear a su inquilino, pues sabe que está de baja y mintiendo a su empresa. Su intención es que pague más por el alquiler. ¿Es la misma investigación? Sí, pero la perspectiva es distinta. En este segundo caso, tuve que decir que no lo podía hacer porque no era legal.

«Para ser detective necesitas paciencia y una especie de radar interno»

—¿Qué habilidades tiene que tener un detective?

—Empatía, paciencia, valentía a la hora de tener la capacidad de poder hablar con cualquier persona, llamar una puerta en la que desconoces quién abrirá, o quedarte toda una noche vigilando desde un coche durante muchas horas a expensas de que alguien pueda llamarte la atención. Y quizás, también una especie de radar interno, que al final se va aprendiendo sobre la marcha, y te sirve tanto para saber que algunos clientes no te están diciendo la verdad, como a la hora de investigar, porque te ayuda a llegar a conclusiones que te dicen por qué lado tirar.

—¿Es una profesión peligrosa?

—No, al menos en España. La profesión de detective se desarrolla en cualquier parte del mundo, y es diferente en países de Latinoamérica si te tienes que meter en barrios donde la gente porte armas. En España, hay muy pocos barrios que sean así. Si bien es cierto que cualquier detective privado te podrá contar una, dos o tres anécdotas que le hayan pasado fuertes en la vida.

—Dime alguna.

—Prefiero guardármelas. Pero te puedo decir que he hecho muchos informes de localización y de solvencia, o comerciales y financieros, y no toda la gente a cuya puerta he tenido que llamar quería ser localizada.

—¿Con qué herramientas trabajáis?

—Hoy en día, con el teléfono móvil ya puedes hacer virguerías. Pero luego, casi todos llevamos siempre dentro del maletero del coche otra camiseta, una gorra, unas gafas de sol o una cazadora. Pero casi todos vestimos igual, de siete tiendas contadas. En el pasado, la gente que trabajaba en una fábrica no iba igual que alguien de un despacho, por eso tenían que disfrazarse para pasar desapercibidos.

—¿Qué hay de las mujeres en el mundo de los detectives? Siempre se habla en masculino.

—En el año 1910 ya aparecen las primeras, pero es muy difícil conocer su nombre. Se les llamaba señoritas detectives, por la traducción de ladies en inglés, y porque antes necesitaban la autorización de su padre o de su marido para trabajar. Y lo normal, si se dedicaban a esto, es que no la tuviesen. Muchas veces, ni los maridos lo sabían. Estas mujeres llamaban mucho la atención en los anuncios de los periódicos, porque todas las agencias presumían de tener a detectives privadas entre sus plantillas. De la primera que se conoce el nombre es del año 1925, hace cien años ahora, era de Barcelona y se llamaba Carolina Bravo. Poco más se conoce de ella porque, aunque he pedido un certificado de nacimiento y he querido investigar mucho sobre su historia, solo tuvo un apellido, no tuvo padre, no se llegó a casar ni tuvo hijos. Entonces, me está siendo muy difícil seguirle el rastro.

—¿Cuánto tiempo has estado siguiendo a alguien?

—Para una baja laboral, el juez te pide tres días no consecutivos. Luego hay investigaciones de solvencia para conocer, por ejemplo, cuáles son los hábitos y rutinas de un empresario. Imagínate que tiene una gran deuda y el señor dice que no tiene suficiente dinero para pagarla. En ese caso, tienes que hacer una vigilancia para demostrar lo que gasta. Hay casos en los que puedes tardar una hora, y en otros, un año.

—¿Con la policía tenéis buena relación?

—Extraordinaria. Estamos regulados por una división del Ministerio del Interior que se llama Seguridad Privada, y son ellos los que nos hacen una inspección una vez al año. Y la relación con ellos es magnífica. De hecho, si en una investigación nos encontramos con un delito público, tenemos que parar y contárselo a la policía, que posteriormente nos dice por dónde seguir.