Cuando tenía veintitantos viví en un piso que para mí y mis compañeras era ideal. No había vecinos ni arriba ni abajo. Estaba cerca de la zona por la que salíamos (no de la facultad). La cocina era muy hogareña y tenía un salón gigante. Cuando hicimos la primera fiesta forramos las paredes con papel, usándolo como si fuera un zócalo, porque no queríamos que la casera se quedara con las huellas de nuestros invitados. La gente no entendió que era para evitar las manchas si se apoyaban mientras tomaban algo... así que empezaron a escribir mensajes y dedicatorias que nos acompañaron el resto del curso.
Llegó el invierno y tocó poner la calefacción. No funcionaba. A la dueña le sorprendía: «Uy, pero si yo la encendía cuando vivía mi marido». Se nos ocurrió preguntarle cuándo había fallecido el hombre. Hacía más de veinte años. Hubo que cambiar la caldera, el circuito de radiadores y, entre otras cosas, levantar aquel bonito parqué que nos hacía pensar que estábamos en casa y no en un piso de estudiantes. También unos cuantos azulejos. La obra se prolongó y el suelo estuvo levantado en varias zonas durante semanas. O meses. Hubo más. El teléfono fijo no funcionaba cuando se encendía una farola que estaba anclada a nuestro edificio. Vamos, que aquella casa era una ruina. Después de un tiempo ya no nos parecía tan guay lo de las fiestas ilimitadas.
Lo que son los recuerdos. Fue leer cuáles son los principales problemas de los ourensanos, según el barómetro de La Voz, y acordarme de aquel piso. La fiesta apetece menos con el suelo levantado.