No hace falta ser psiquiatra para comprobar que distintos líderes políticos muestran en sus comportamientos síntomas de trastorno de personalidad, que se agudizan en las campañas electorales. No se trata stricto sensu de esa enfermedad mental cuyos pacientes merecen más atención, sino de que ciertos trastornos de su personalidad repercutan en la polarización extrema de la vida pública y en la desafección del pueblo por la política.
Un político con personalidad narcisista se considera superior, único e imprescindible. Manipula para conseguir sus fines. Niega las propuestas de sus adversarios. Se opone al consenso con sus rivales principales y, cuando lo consigue con los afines, presume de logro personal. Busca halagos constantes, por lo que establece relaciones superficiales y utilitarias, rodeándose de palmeros. Es arrogante, confía demasiado en sí mismo, hasta darse importancia excesiva. Sobrevalora la imagen que proyecta. Se olvida de que, según la mitología, Narciso se enamoró tanto de su imagen que acabó hundiéndose en ella. ¿Sánchez, Iglesias, Rufián?
Un político con personalidad paranoide interpreta como malévolas todas las intenciones de los demás. No confía en la gente y pretende transmitir confianza. Desconfía hasta de sí mismo y trata de introducir desconfianza sobre el sistema. Ve complots y contubernios por doquier. Considera ilegítimas las victorias del adversario. Monta un círculo íntimo de «guardias pretorianos», pero sospecha del resto de los suyos, porque supone que alguno le está haciendo la cama. Intenta dar imagen de seguridad, pero nunca se siente seguro. Es la antítesis del narcisista. No está cómodo con las imágenes, ni del presente ni del pasado. ¿Feijoo, Ayuso, Aznar?
Un político con personalidad antisocial viene ya desde su juventud despreciando los derechos de los demás, pero, cuando se ve con poder, propone la violación de los mismos sin reparo. Rompe las normas establecidas y aparece como adalid de un nuevo orden social. Es un manipulador compulsivo, un experto en el engaño recurrente. No siente vergüenza de presentarse como reaccionario, pero tiene a su disposición un ejército de jóvenes secuaces que se mueven bien en las redes sociales para difundir mensajes simples a personas simples. Sabe que el odio al diferente da votos. ¿Abascal, Milei, Trump?