Se cumplen cuarenta y cinco años del estreno de la serie dirigida por Antonio Mercero, que en 1981 cautivó a la audiencia televisiva española. Desde entonces, la televisión pública ha repuesto catorce veces los diecinueve episodios, ahora remasterizados, de aquella pandilla juvenil que desde su veraneo en Nerja conmovió a millones de telespectadores, que sufrieron el dolor colectivo por la muerte de Chanquete —Antonio Ferrandis— en el penúltimo de sus capítulos. Este verano se ha vuelto a reponer la serie Verano Azul.
Todos los veranos son azules en mi imaginario, quizá los dos versos encontrados en un bolsillo del abrigo de Machado escritos antes de su muerte en Colliure —«Estos días azules y este sol de infancia»— tengan que ver con esta apreciación de pintar de azul todos mis recuerdos.
Azul nostalgia es el color que tiñe los largos e infinitos estíos de mi adolescencia, cuando el mundo estaba construyéndose desde la bruma matinal de los sueños que dibujaban un futuro que crecía a mi lado. Era transparente, como son todos los azules de los años en los que el cometa Halley recorría caminos por el cielo.
O el azul marino de las noches de agosto, envueltas en risas, conversaciones y cervezas en las terrazas que se quedaron en la lejanía de aquel verano que habita cordial en la memoria de los días. Es un azul de mar y salitre, azul costero de dornas y veleros, de playas y de brisas, de baños de olas de mar que curaban las gripes futuras tras nueve inmersiones en las aguas marinas.
Sigo rememorando, pegando los cromos en el álbum de mi vida, y encuentro una soleada mañana de julio en Capri, allí donde el azul tiene su partida de nacimiento, su fe de vida. Capri es el azul, inventó el color que conforma el paisaje del verano entre buganvillas que siluetean los fotogramas de una historia personal.
El azul cobalto se quedó para siempre pintado en los objetos y en la loza de Sargadelos de Ibáñez, reinventada por Díaz Pardo y Seoane para poner un azul Galicia en todos los hogares del país del norte. Es el mismo azul que cruza con un trazado diagonal la bandera ondeante de la patria gallega, el mismo color que tienen la mar y el cielo, el tono desvaído de los amaneceres perezosos, el azul septiembre de los retornos, el color nordés de las ausencias.
Retomo el título de una de mis primeras novelas, Pabellón Azul, que es una manera de llamar a la libertad, de escribirla con mayúsculas, cuando habitaba el territorio literario y era el Azul de Rubén Darío su única divisa. Siempre fue un verano azul.