Somos expertos en abandonar. En mirar hacia otro lado. En barrer la basura debajo de la alfombra de las neuronas. Con los problemas de nuestras vidas y con los que leemos en los periódicos. Quedan para cenar dos hermanos. Tienen a sus padres averiados. Deben tomar alguna decisión.
—¿Te acuerdas? Te tienes que acordar. Fuiste tú quien estuvo en Canarias cuando aquella crisis que tanto anticipaba lo de Ceuta. Qué fácil es hablar de Ceuta sin estar en Ceuta, ¿verdad?
Los dos hermanos se parecen. No son gemelos, pero comparten un aire. Salvo por el corte de pelo y por la forma de vestir que los diferencia. Uno es formal y se comporta como si estuviera en formol. Se dedica a la política. Y el otro es informal, con el rumbo roto, y se desocupa en todo lo que pueda surgir.
—¿En qué piensas, hermano? ¿No te dan pena todos esos refugiados que se pudrirán en la salsa de esta olla podrida que es Europa?
Parece que vuelve en sí. Que regresa del lugar en el que estaba pensando.
—Repetiste podrido. Deja caer, con desgana de corrector automático, mientras toma ese trago de vino de la copa que su hermano le ha llenado.
Están en un restaurante vintage. Lo que en su día fue un local de moda y, después, un sitio in. Antes eran de diseño; ahora están como rotos y a oscuras a propósito. Tal vez como el país en el que viven. Hace un final de verano increíble, como si fuera un comienzo. La placa del sol lleva tiempo averiada, calentando a destiempo, cuando no friéndolo todo sin clemencia. Sigue la cena. Tratan de verse cuando su hermano viaja desde Madrid, donde es político. En el hermano político hay un esbozo de orden; en el otro, un esbozo de caos. Pero ninguno de los dos quiere abordar el orden completo que necesitan para sus padres. Así el problema no existe, o existe menos. Se quieren porque comparten el paraíso de la infancia (ellos tuvieron suerte y su infancia fue un paraíso), aunque ya tienen la edad de lamerse las heridas que deja el golpe de los años en todas las familias. Están a gusto. Siempre están a gusto. Son hermanos, pero amigos. Amigos de esos que se pueden quedar callados y siguen bien. Más el político que el inquieto. El inquieto, que lleva la iniciativa de la conversación, también sabe callar, pero le cuesta. Le cuesta más disfrutar del silencio. Ambos saben que tienen que hablar en algún momento de lo mal que están sus padres, ya mayores, pero no quieren. Mamá, que casi incendia la cocina. Papá, que ni se levanta. El inquieto prefiere hablar de lo mal que están los refugiados. Es su manera de sugerir que, cuando sirvan el postre, sí tocará hablar de cómo cuidar a quienes los criaron; a esos padres que ya son refugiados en un piso mansión patera, esos padres que necesitan cuidados urgentes en esa casa grande. Algo común en muchas familias de hoy. Seguir pensando que los padres son eternos, que no necesitan ayuda, no vale.
Hablar de Ceuta para evitar discutir que papá y mamá no pueden estar solos no sirve de nada. Porque, poco a poco, ellos volverán a ser los niños que un día fueron.