La RAE aún no ha admitido «farmear», que en el argot juvenil se refiere a la repetición de gestos y posturas que, grabados en móviles y colgados en internet, sirven para mejorar la imagen personal. El verbo viene de los videojuegos y significa algo así como subir de nivel acumulando puntos virtuales. Para ello se organizan quedadas en la cuales se llevan a cabo duelos de actitud; unos divertidos, otros aburridos.
La expresión «farmear aura», por supuesto tendencia, significa más o menos reiterar acciones y reacciones para mostrar un aura magnética y cautivadora, pero a veces amenazante e intimidatoria. No siempre se trata de un simple juego entre adolescentes repitiendo posturas de anime; hay adultos que intencionadamente «farmean aura» para subir de estatus. Debe ser, pues, cuestión de proyección personal y ascenso social. Claro que también se puede perder aura, haciendo el ridículo en público (blunder) o intentando llamar la atención de manera forzada (tryhard).
Equivocado está quien piense que el aura se consigue sin esfuerzo, solo caminando con los hombros hacia atrás y levantando la barbilla. Para alcanzar un aura carismática y enigmática de modo profesional hay que seguir unas pautas: mantener la mirada a los ojos mientras se habla; escuchar mucho y hablar poco, haciéndolo con pausa y seguridad (los charlatanes pierden aura); cumplir la palabra dada; dominar un idioma raro; aprender a tocar un instrumento difícil; conservar la calma en momentos de tensión; vestirse y perfumarse con un estilo propio, sin dejarse llevar por modas; practicar deporte, pero no para aburrir a los demás contándolo, sino para tener buen aspecto; alegrarse del éxito de los demás y no exagerar el éxito propio. Ahora bien, eso sería «farmear aura» con un perfil bajo (low profile), para resultar misterioso y discreto, lo cual implica publicar poco en las redes, no revelar planes y algo que a los jóvenes de hoy les resultaría imposible: prescindir del móvil en todo tipo de reuniones (comidas, cenas, citas, quedadas).
Uno, que no comparte aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, se siente desconcertado ante el fenómeno. Uno, que acabó bailando a ritmo de reguetón cuando los más jóvenes le aconsejaban «perrea, que algo queda», no acaba de comprender qué pretenden de él cuando ahora le dicen: ««farmea», que algo queda».