Foguetes

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Foto de archivo de los fuegos artificiales de las fiestas de Ribeira
Foto de archivo de los fuegos artificiales de las fiestas de Ribeira MARCOS CREO

Balbino, el niño gallego de las memorias labregas de Neira Vilas, jugaba con varillas de foguetes. Era su manera de imaginar viajes y salir de su aldea. No sé cuántos estralos, cuántos estallidos, tendrían los cohetes sujetos a la varilla de bambú que encontró Balbino junto al río, pero los de seis estralos eran, años atrás, el orgullo de la parroquia. Son el anuncio sonoro de las fiestas del patrón; escriben parábolas que hacen remolinos por el cielo, colándose entre las nubes y asustando, en los pueblos de la costa, a la república de las gaviotas, que desatan su alborozo de graznidos.

La foguetería gallega es un pariente lejano de los petardos valencianos y de la mascletá de las fiestas mayores, de la orgía de pólvora que saluda los días grandes de todas las festividades que, desde las fallas de marzo, recorren el País Valencià, salpicando cielo y tierra con centenares de estruendos acompasados. Ahora, la industria artesanal de la pirotecnia, heredera de los fuegos de artificio, está en horas bajas en esta autonomía quijotesca, que se empeña en ejemplaridades cuestionables por mor del estrés que cada estoupido provoca en las mascotas y suelta un «vaya por Dios» al estallar las bombas de palenque que prologan la romería anual. Sin olvidar las posibles consecuencias que pueden producirles a personas con determinados trastornos relacionados con la salud mental. Pese a todo, yo reivindico que, una vez al año, los foguetes compongan por el aire, entre brisas livianas, su melodía de fiesta.

En Galicia existen en la actualidad quince empresas pirotécnicas que dan empleo a doscientas personas. Muchas arrastran en su historial empresarial una crónica trágica de incendios que destruyeron vidas e industrias; otras gozan de gran prestigio por los fuegos artificiales que ponen el epílogo a las verbenas, donde está escrita la memoria festiva del país. Galicia enmudecería con la ausencia de las bombas de palenque, tendría sordera crónica y sería, sin dudarlo, otro país: políticamente correcto, pero mucho más triste. Los foguetes forman parte incuestionable de nuestro patrimonio cultural; son tan gallegos como nosotros. Son la banda sonora repetitiva de una sinfonía de todos los agostos. Los concellos que decreten su prohibición atentan claramente contra nuestra memoria como pueblo. En este momento escucho cómo media docena de bombas de palenque anuncian que comienza la verbena.