Para muchos chavales, y para bastantes adultos, no hay tiempo que perder cuando se está perdiendo el tiempo. Los niños de mi generación podíamos pasar horas tirados en el sofá, aburridos, viendo programas de televisión horrorosos o pensando en las musarañas. Sin tele ni tebeos, mirábamos por la ventana, a la espera de un amigo que viniera a salvarnos, aunque solía llegar antes la pregunta: «¿No tienes nada que estudiar?». Salíamos de aquel atontamiento con mala conciencia, con una sensación lánguida de vacío, la angustia a posteriori del perezoso. En esas, me solía venir a la cabeza la letra aquella de Alberto Cortez: «No pierdas nunca un mañana/porque esté buena la cama». Pero antes o después, la escena del sofá se repetía. Curiosamente, una de ellas provocó la mejor decisión de mi vida. Quizá, después de todo, esa inacción alimentaba algo. A veces, pocas, abría una oportunidad para pensar.
Ahora seguimos tumbándonos en el sofá, pero sin parar quietos, porque no hay tiempo que perder a la hora de perder el tiempo con el móvil, pensando que nos informamos y nos ponemos al día. Hasta el punto de que detestamos las llamadas, tan apreciadas antes, y escuchamos los audios a velocidad 1,5x o 2x, porque nos interesa menos quién habla y qué cuentan las inflexiones de su voz que saber si realmente hay algo nuevo ahí para nosotros.
Se nos va la vida esperando que nos suceda algo, una especie de aparición, una revelación sorprendente e insólita de no sabemos qué. En lugar de ponernos a pensar qué cosas queremos que sucedan, dejamos que los acontecimientos de otros nos invadan y aturullen hasta que conseguimos liberar espacio para soñar, al fin, sueños solo nuestros.