La levedad del voltio

OPINIÓN

Contenedor de pilas
Contenedor de pilas SANDRA ALONSO

27 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Hubo un tiempo en que la energía habitaba en la materia con una dignidad monástica. Compraba uno aquellas pilas de zinc y carbono —rotuladas con un grafismo casi soviético— y sabía que el transistor de la cocina, ese pequeño altar donde se oficiaban los goles del domingo y las esquelas del lunes, respiraría durante meses.

Hoy, sin embargo, nos movemos en una civilización de latidos cortos. Paradoja de los tiempos actuales: tenemos satélites que fotografían el vello de un mosquito en el Amazonas, pero las pilas de casa tienen una esperanza de vida cada vez más leve. Parece que fue ayer cuando la duración era una promesa severa. Ahora, las pilas vienen en envases de plástico blindado solo para revelar una obsolescencia programada que empieza en el mismo instante en que hacen contacto con el muelle de cobre.

La energía ya no se crea ni se destruye; simplemente se desvanece en el trayecto entre los chinos y el cajón de los trastos. No es solo una percepción de veterano radioescucha que añora el peso del plomo. Es esta levedad insoportable del voltio actual. La plétora de dispositivos electrónicos que nos inunda devora el amperaje con una ansiedad neurótica. El reloj de pared, que antes era casi eterno, ahora desfallece a los dos meses, desplomando las agujas como brazos cansados.

Vivimos en una recarga constante con un cable umbilical pegado a la pared; pero en el zulo de la pila alcalina, el declive es más melancólico. Sospecho que las fabrican con un componente secreto de nostalgia, porque se agotan justo cuando más las necesitas, cuando tienes que alumbrar con la linterna o cuando el termómetro digital debe confirmar si la vida nos quema por dentro o nos deja helados. Las pilas morían con las botas puestas, sulfatándose con la elegancia de una ruina romana. Ahora se apagan sin previo aviso, con una discreción cobarde, que te deja a oscuras en la penumbra o mudo frente al transistor. Quizás es que ya no se busca la permanencia. En un mundo donde todo es efímero —los amores de Tinder, los gobiernos y las dietas de enero—, pedirle a una pila que dure un año parece una pretensión aristocrática.

Nos hemos acostumbrado a lo desechable, a ese ritmo de usar y tirar que acaba por vaciarnos el alma a la misma velocidad que el litio. Al final, queda el consuelo de frotarlas entre las manos buscando ese último hálito, esa última chispa de dignidad que nos permita alumbrar o escuchar la última jugada, antes de que el silencio del vacío eléctrico se lo trague todo. Al conejito de Duracel nos lo han drogado.