Séptima normalización de emigrantes irregulares en España, luego de las de Felipe González, Aznar y Zapatero. En ninguna asomó la bronca política de ahora. Manda Vox, con el señor Tellado, una vez más, desaforado llamando a los ayuntamientos a declararse en contra. Ayuntamientos que son parte institucional en la normalización. Bronca acompañada con el pacto PP-Vox en Extremadura y su tinte racista y trumpista de «el español primero», si no único.
Es difícil que los presidentes de Galicia puedan olvidar los viajes a América y Suiza en busca de la Galicia emigrada. Sergio del Molino señalaba: «Mientras persistan esos recuerdos —los de un abuelo emigrante—, los gallegos serán comprensivos y sabrán mirar para otro lado cada vez que alguien necesite un papel para cruzar una frontera». Unos emigrantes que todos los candidatos tuvieron presentes. No eran pocos, ni prescindibles en su voto, como todos ellos sabían.
España y Galicia son ahora países de inmigración. No de otra forma es posible explicar el crecimiento español, e incluso el gallego. También las apreturas de nuestros servicios públicos y administraciones, por más que se hayan convalidado en el 2025 las titulaciones universitarias de sesenta y cinco mil emigrantes, de ellas casi la mitad —treinta mil— de médicos. Esto no impide que influencias ideológicas populistas o intereses de partido pueden llevar a posiciones en contra de los emigrantes, con declaraciones incomprensibles como «la regularización se podría hacer mejor» (sic) o la osadía de un «las comunidades autónomas no hemos sido consultadas», pretendiendo quizás una inexistente organización confederal. O con las declaraciones de asombro —como expresidente de la Xunta y como gallego— de Feijoo alineándose con las posiciones populistas —«la prioridad nacional»— que su socio Abascal sometió al Congreso. Lejos de su apoyo a la iniciativa popular de regularización del 2024 e ignorando nuestras propias realidades no tan distantes, como evidencia esa Secretaría Xeral de Emigración de la Xunta, al parecer para gallegos con voto.
Ignorancias subsanables, si no por vecindad y vivencia, sí atendiendo a estudios, crónicas o relatos sobre los emigrantes, aun careciendo de un Museo en el Gaiás. Historias como Azucre, con jóvenes gallegos vendidos como esclavos por un negrero gallego, o la excelente y extensa crónica de Arturo Lezcano de los gallegos en América, y las historias de Joaquín Riera de la emigración a Europa tan reciente. Francisco Candel en Los otros catalanes nos llevó ya en 1964 a nuestra migración interior, como hace ahora Miguel Díaz en Fronteras de Papel. Una historia inacabada que, en lugar de declaraciones altisonantes y racistas, precisaría situarnos en nuestra realidad y en nuestra historia. Trump y su brigada antiinmigración aún actúan, cual camisas pardas. ¿Es eso lo que se quiere aquí para los migrantes que llegan?