En una sociedad para cuya Administración el papel es sinónimo de atraso y toda medida de modernización pasa por su desaparición, el soporte digital y las relaciones telemáticas, nos encontramos con que sin papeles sigues sin ser nadie, no existes. No se lo podrían imaginar los antiguos egipcios, cuando a orillas del Nilo consiguieron convertir la fibra del junco en papiro, un material adecuado para sustituir las limitaciones de las tablillas de arcilla. Ríos de tinta corrieron gracias a esos juncos para enriquecer el alma humana. Y ahora son las 21 páginas de un documento digital las que deciden si miles de personas podrán respirar aliviadas si consiguen que su vida se plasme en uno de esos juncos y logran legalizar su residencia.
El BOE publicó el miércoles el RD 316/2026, que modifica el Reglamento de la Ley Orgánica 4/2000, sobre derechos y libertades de los extranjeros y su integración social. Y los ríos de tinta que ya corrían, esta vez digitales por supuesto, han visto crecer su caudal hasta desbordar. Dos disposiciones concentran la reforma. Está orientada a «reducir situaciones de vulnerabilidad y a ofrecer encaje administrativo a personas con vínculos acreditados con España, ya sea mediante la existencia de vínculos laborales, convivencia con personas menores de edad o personas dependientes, o situaciones de especial fragilidad social» y a dar permiso de residencia temporal a solicitantes de protección internacional «cuya solicitud o recurso no haya sido resuelto».
Esos fines no son sino muestra de una realidad que desborda a la Administración. Y la muestra de un fracaso como sociedad. La española y la europea, por no irnos más lejos. Desde 1986, se han aprobado seis regularizaciones extraordinarias, que permitieron obtener ese ansiado papel a más de un millón doscientas mil personas. Gobiernos de uno y otro color han aplicado la misma política. La de la tirita. La última, hace más de 10 años, afectó a más de medio millón de personas. La actual se estima que superará esas cifras.
Una cuestión con tantas aristas como juncos puede tener la ribera del Nilo, no puede resolverse con un sí o un no. Un a favor o un en contra. La violenta actuación del ICE en EE.UU. no es la solución. Una Europa envejecida no tiene futuro sin gente en edad de trabajar. El día a día sea en la Administración o en la empresa privada muestra un vacío de personas trabajadoras. Pero para integrar se requiere mucho más que un derecho a residir sin miedo a ser expulsado o explotado sin contrato. No debemos buscar solo mano de obra legal ni contribuyentes a una hucha de pensiones con telarañas. Sin una intervención quirúrgica global la herida seguirá bajo la tirita.
Ni es posible impedir la migración. Generaciones de gallegos lo saben. Debemos esforzarnos para mirar al extraño con otros ojos, dejar de verlo como amenaza o solo mano de obra. Y empezar con esos nuevos juncos otra historia, porque sin todos los pueblos que alguna vez invadieron la Península nunca seríamos esa especie que algunos tanto quieren preservar no se sabe de qué.
Cristina Pedrosa es abogada.