La pausa que no trae la paz

José Julio Fernández / Anxo Varela TRIBUNA

OPINIÓN

Una mujer pasa ante un mural antiisraelí en Teherán, la capital de Irán.
Una mujer pasa ante un mural antiisraelí en Teherán, la capital de Irán. Majid Asgaripour | REUTERS

08 abr 2026 . Actualizado a las 20:55 h.

En un conflicto tan abierto, de evolución incierta y con un evidente riesgo de escalada como el que enfrenta a Estados Unidos, Israel e Irán, cualquier alto el fuego constituye una buena noticia dentro de un escenario profundamente volátil.

Sin embargo, no estamos ante la paz, sino ante una tregua frágil y, en principio, de corto alcance en la medida en que las causas del conflicto permanecen intactas. Persisten desacuerdos relevantes, especialmente en torno a la gestión del estrecho de Ormuz, así como en el frente libanés, donde, según se ha podido constatar en las últimas horas, Israel continúa sus operaciones militares. Estas acciones no solo afectan a comunidades chiíes y suníes, sino que alcanzan también zonas fuera del control de Hezbolá. De hecho, un ataque reciente de Israel provocó la muerte de uno de los líderes de las Fuerzas Libanesas, una de las formaciones cristianas más relevantes del país. Todo ello amplía el impacto humanitario y acentúa la complejidad del conflicto.

En este contexto resulta especialmente significativa la disputa por el relato, ya que ambos bandos se atribuyen avances y victorias, en un ejercicio que pone de manifiesto hasta qué punto la narrativa se ha convertido en un campo de confrontación adicional. La tregua permite, no obstante, vislumbrar el papel relevante que ha desempeñado Pakistán, cuya diplomacia ha sido intensa y moderadamente eficaz. Cabe pensar que en Islamabad puedan empezar a abordarse los nudos gordianos de un eventual acuerdo futuro, incluyendo cuestiones tan sensibles como la deseada desactivación del programa nuclear iraní que, de momento, parece lejana.

Conviene recordar, además, que una de las ideas iniciales defendidas por Donald Trump fue la caída del régimen de los ayatolás. Sin embargo, esta hipótesis se desvaneció en pocos días al constatarse que el régimen teocrático era mucho más resistente de lo previsto. Desde entonces, el enfoque parece haber virado y la lógica del conflicto se desplaza hacia parámetros de seguridad energética y financiera, relegando a un segundo plano la presión diplomática vinculada a la defensa de los derechos humanos.

En esta misma línea de predominio de una lógica marcadamente mercantilista, el propio alto el fuego no puede entenderse al margen de la creciente tensión en los mercados energéticos y financieros, especialmente ante el riesgo de disrupciones prolongadas en el estrecho de Ormuz. La tregua pierde peso en tanto logro diplomático orientado a la protección de la población civil que como una respuesta a la necesidad de estabilizar un sistema económico global amenazado.

No es casual, por tanto, que sus efectos inmediatos se hayan dejado sentir en los mercados y no en el terreno humanitario. Mientras las bolsas respiran, el Líbano sigue atrapado en una encrucijada sin salida visible y la población iraní permanece bajo un régimen dictatorial que reprime con especial dureza a las mujeres y a toda forma de disidencia.

La tregua, así, no alivia el sufrimiento de quienes habitan el conflicto, sino que apenas calma —y veremos si de manera efímera— la ansiedad de los mercados.