«Yahvé es el señor de los ejércitos, el que manda los escuadrones de Israel» (1 Sam 17,45). La Biblia lo repite 261 veces. Yahvé es dios de la guerra. El que domina. El que lucha contra todas las naciones y contra todos los ejércitos hasta la matanza (Isaías 34, 2). El cristianismo heredó la Biblia judía. Llegó a nombrar rey a Jesús de Nazaret. En su nombre, los cristianos guerrearon y mataron. Todavía lo hacen. La conquista-invasión de los israelitas en Canaán, en la Edad de Hierro, duró siglos y se llevó a cabo bajo la insignia de Yahvé, dios de la guerra. Las descripciones que la Biblia hace de la invasión de Palestina son horrendas. No solo Netanyahu. También Trump invoca a Yahvé para justificar sus ataques bélicos y adjudicarle, como a socio, sus victorias. Tres veces nombró al dios cristiano para aclarar el rescate del piloto abatido en Irán.
Las religiones, más incluso que otros mitos, atenazan nuestra condición y conducta. Nos obnubila hasta la injusticia o la necedad. Lo que estamos viendo y experimentando en la guerra de Oriente Medio se explica con la Biblia y con la avaricia de pueblos y gobernantes. También de magnates que ansían más riqueza. No les importan los numerosos asesinatos de militares y pacíficos civiles. Se consideran dueños de nuestras vidas. Hombres, mujeres y niños son eliminados como parásitos bajo las bombas. El dios de los ejércitos discrimina, mata y destruye al enemigo. Yahvé es el dios.