Cierto grado de soledad es inevitable y, a veces, hasta necesario. La creación artística necesita, por ejemplo, soledad y silencio. Hacer literatura en medio del bullicio, dicen, resulta harto complicado. Aunque Bukowski se ríe de esa y otras excusas en el poema Aire, luz, tiempo y espacio. Dice que quien necesita condiciones especiales para escribir no debería escribir, porque el escritor escribe porque no le queda más remedio, pese a las condiciones más adversas. Jane Austen escribía en espacios comunes en medio de sus muchos sobrinos. Rilke sería incapaz de hacerlo, pero era más metafísico y sibarita, y andaba seduciendo a duquesas y princesas para que lo alojaran en sus castillos. En cualquier caso, existe la soledad deseada. Pero la más frecuente es la otra, la dura, la afiladísima soledad no deseada, como un cóctel muy helado y amargo que termina encharcando con esas cualidades el corazón. Sorbo a sorbo. Como aquellos pajarracos negros que veía la protagonista de un cuento de Lucia Berlin. Pájaros feos en árboles desnudos que se habían juntado allí sin darse ella cuenta, compañeros únicos en su casa solitaria.
Me dijeron ayer que se presentaba esta semana en Galicia la Fundación Banco de Voluntariado. Por lo que dicen en su web, van directos a curar soledades que se han ido haciendo crónicas en nuestros días: cada vez hay más personas solas. Sozinhas, dirían en portugués: «Estou sozinha». Como si la soledad fuera una palabra muy fea y muy triste o vergonzosa que pidiera siempre la ternura de un diminutivo: soíña, solita.
Me parece maravillosa la idea del Banco de Voluntariado, donde se deposita tiempo y confianza. Inversiones seguras que rentan muchas ganas de vivir.