Cuando el algoritmo entra en la sala
OPINIÓN
En Arizona, un tribunal permitió que un avatar —recreación digital de una víctima de homicidio— se dirigiera al acusado durante el juicio. «En otra vida podríamos haber sido amigos», dijo la voz sintética. El juez confesó después: «Me encantó esa IA». La escena, más cercana a la ciencia ficción que al proceso penal, abre una grieta inquietante: ¿dónde termina la empatía y comienza la manipulación?
La justicia predictiva proyecta otra sombra. El sistema norteamericano Compas estima el riesgo de reincidencia a partir de más de un centenar de variables. En España, VioGén calcula el peligro en casos de violencia de género. Son herramientas útiles, incluso necesarias, pero también recordatorios de que la supuesta objetividad tecnológica puede ocultar sesgos invisibles.
Se habla ya de jueces artificiales más rápidos e imparciales, algunos incluso operativos en determinados ordenamientos. Sin embargo, ningún sistema es neutral, tras cada línea de código hay decisiones humanas, valores, creencias y prejuicios.
En este escenario irrumpe la Instrucción 2/2026 del Consejo General del Poder Judicial, que fija por primera vez reglas vinculantes sobre el uso de sistemas de inteligencia artificial por jueces y magistrados. El mensaje es claro: la inteligencia artificial puede asistir, pero no decidir.
La instrucción llega antes que la ley y deja amplias zonas de penumbra. Prohíbe el uso de herramientas no autorizadas con datos judiciales, pero permite su empleo para la preparación o estudio con fuentes abiertas. La frontera es tan difusa que, aplicada con rigor, vacía de contenido la excepción y genera inseguridad jurídica.
Particularmente delicada resulta la cuestión de los borradores de resoluciones generados por IA: partir de un texto previo puede condicionar de forma sutil la función jurisdiccional. A ello se suma el silencio sobre la transparencia frente a las partes, al no imponer el deber de informar al justiciable del uso de IA en la elaboración de resoluciones.
Entre Sócrates, HAL 9000 y YouTube se debate hoy la justicia penal. Sócrates dudaba; HAL razonaba sin piedad; el algoritmo no juzga, solo optimiza la atención. La justicia del futuro debe aspirar a algo más difícil: ser sabia y aliada de la prudencia, la más olvidada de las virtudes. Y queda la pregunta incómoda, casi ausente de los discursos oficiales: ¿qué ocurrirá cuando la eficiencia se convierta en dogma y la tecnología deje de ser un instrumento para transformarse en el actor principal? ¿Tiene razón el premio Nobel de Física Geoffrey Hinton cuando sugiere que las máquinas podrían llegar no solo a imitar la inteligencia humana, sino a pensar, sentir y desarrollar una forma de conciencia? ¿Ha empezado ya la IA a gobernar, silenciosamente, la vida de los seres humanos?