El declive de Europa

JUAN JOSÉ SÁNCHEZ ARÉVALO PROFESOR MERCANTIL

OPINIÓN

MABEL R. G.

19 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando urge saber quién tiene razón o decidir en qué bando situarse se vuelve casi imposible entender lo que realmente está ocurriendo. En ese punto, las ficciones consoladoras sustituyen a la explicación y el mito ocupa el lugar del análisis. Nada hay contra los mitos iluminadores, que simplifican lo complejo. El problema surge con aquellos que oscurecen la comprensión, que explican lo oscuro recurriendo a algo aún más opaco. De este tipo es el mito del Derecho Internacional aplicado a la intervención de Estados Unidos en Venezuela, hoy repetido con éxito en tertulias radiofónicas y televisivas, tanto a izquierda como a derecha. Izquierda y derecha, por cierto, unidas aquí por una misma cosmovisión heredera de los mitos del progreso y de la paz perpetua.

Durante décadas de benéfica ocupación americana, Europa occidental olvidó que el llamado orden internacional no era una superación de la guerra, sino el viejo y precario equilibrio entre imperios que compiten por recursos y áreas de influencia. Cuando se presenta a la ONU como una asamblea pacífica de Estados que dialogan y acuerdan, se pasa por alto que en los cinco miembros permanentes de su Consejo de Seguridad —las potencias vencedoras de 1945 con derecho de veto— se encarna el derecho de guerra del vencedor sobre el vencido. Ese origen remite al fundamento último de cualquier orden internacional: el vínculo inseparable entre legitimidad y violencia.

Ese orden, hoy visiblemente erosionado, mantuvo la guerra fuera de Europa hasta el colapso de Yugoslavia en 1991, pero promovió o toleró conflictos como Corea, Vietnam, la intervención soviética en Hungría con el ahorcamiento de Imre Nagy, o el golpe de Estado en Chile. Nunca erradicó la guerra: simplemente la desplazó fuera de los protectorados europeo-americanos y soviéticos.

Donald Trump ha rasgado el velo de ese mito, y lo ha hecho de la forma más traumática para los europeos: mostrándonos nuestra irrelevancia. En este contexto, invocar democracia y derechos humanos suena a declamación vacía. La democracia funcionó como propaganda dentro de un orden imperial hoy en recomposición. Seguirá funcionando en el nuevo, al menos para Estados Unidos. Europa, en cambio, ha dejado de ser referencia.