El poder

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

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18 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El poder es el hilo conductor de todos los enfrentamientos, desde las disputas territoriales de antiguas civilizaciones hasta la tensiones geopolíticas que estamos padeciendo. Aunque las guerras y desacuerdos suelen disfrazarse de ideología, religión o justicia, al profundizar en su anatomía descubrimos que la lucha siempre es por el control sobre recursos, personas o narrativas. El conflicto surge, en su esencia, de una percepción de escasez. Cuando el poder se entiende como una suma cero (lo que yo gano, tú lo pierdes), la interacción humana se convierte inevitablemente en una competencia.

El poder actúa como un imán para el conflicto por tres razones fundamentales. La desigualdad en la distribución del poder: genera resentimiento en quienes carecen de él y paranoia en quienes lo poseen. La autoconservación: el poder busca, por naturaleza, perpetuarse. Las instituciones y líderes suelen entrar en conflicto no para avanzar una causa, sino para evitar la pérdida de su influencia. La validación de la identidad: a menudo, ejercer poder es la forma en que un grupo reafirma su superioridad sobre otro.

Es un error pensar que el poder solo reside en los palacios presidenciales o en los campos de batalla. El poder es una energía que fluye en todas las relaciones humanas. En el ámbito familiar, laboral o de pareja, los conflictos suelen brotar cuando una de las partes intenta imponer su voluntad o visión sobre la otra.

Si aceptamos que el poder es el origen del conflicto, la solución no reside en su eliminación —lo cual es biológica y socialmente imposible— sino en su transformación. El paso de un «poder sobre» (dominación) a un «poder con» (colaboración) es el mayor reto de la civilización contemporánea.

El poder no es intrínsecamente malo, pero su búsqueda desmedida y su distribución desigual son las chispas que encienden los fuegos de la historia. Es fascinante ver cómo, aunque los siglos pasan, la estructura del conflicto apenas cambia; solo cambian las herramientas. Si en las Cruzadas el poder se disfrazaba de fe, hoy se disfraza de progreso técnico y seguridad nacional. Actualmente, vivimos una «guerra de semiconductores», un conflicto donde el poder no se mide en tierras conquistadas, sino en nanómetros y capacidad de procesamiento. El país que controle la fabricación de los chips más avanzados controlará la economía, la defensa y el futuro de la inteligencia artificial.

Así como en el siglo XIX el poder controlaba el carbón y en el XX el petróleo, en el XXI el poder es el silicio. Sin estos chips, no hay misiles inteligentes, ni sistemas bancarios, ni desarrollo de IA, que es el nuevo «fuego» o la nueva «pólvora». El poder de procesar información a velocidades sobrehumanas otorga una ventaja estratégica militar y económica tan grande que el conflicto se vuelve inevitable. A nivel psicológico, el deseo de poder no es necesariamente una patología de «villanos», sino una respuesta evolutiva profundamente arraigada en nuestra mente.