
El impacto económico real de los recientes incendios en Galicia se puede apreciar en distintas esferas: el fuego calcinó bosques y erosionó sectores estratégicos de la economía gallega, como la silvicultura y la madera. En el terreno agrícola y ganadero hemos visto pastos y viñedos arrasados, afectando a producciones de alto valor añadido, además de la destrucción de infraestructuras agrarias y maquinaria, lo que se traduce en costes inmediatos y en incertidumbre para la próxima campaña. El turismo tampoco es ajeno a esta catástrofe; sirvan como ejemplo las cerca de medio millón de “compostelas” emitidas en el Camino de Santiago. Los incendios provocaron cortes en tramos de la ruta, cancelaciones hoteleras y un deterioro de la imagen turística, mermando los ingresos para la hostelería, el transporte y el comercio local.
Tampoco se pueden obviar los problemas relacionados con la salud pública, con efectos sobre enfermedades respiratorias y cardiovasculares, suponiendo más consultas, hospitalizaciones y bajas laborales, con costes para el sistema sanitario y pérdidas de bienestar social. Ante este panorama, la economía de la prevención vs extinción debe reclamar la atención de los gestores públicos, ya que el balance coste-beneficio es contundente (se estima que cada euro invertido en prevención puede ahorrar entre cuatro y siete euros en daños). Sin embargo, la mayor parte del gasto público sigue destinándose a extinción reactiva, con un uso intensivo de medios aéreos y brigadas de emergencia, en lugar de a estrategias de prevención estructural. La prevención no es un lujo verde: es la inversión económica más rentable.
El problema de los incendios en Galicia no puede entenderse sin el abandono rural y la fragmentación de la propiedad forestal. Se necesitan modelos de gestión colectiva, apoyados en compensaciones por servicios ecosistémicos para los propietarios por mantener el monte limpio y resiliente. La bioeconomía forestal, basada en el aprovechamiento energético y material de los restos vegetales, ofrece un camino para transformar un pasivo (el exceso de restos forestales acumulados) en un activo económico. La gobernanza es clave: los incendios desbordan fronteras administrativas y exigen coordinación entre Xunta, Gobierno central y Unión Europea, así como una mayor participación de comunidades locales. La prevención debe integrarse en una estrategia de desarrollo rural que genere empleo, cohesión territorial y sostenibilidad a largo plazo. Por otra parte, estos fuegos anularon los avances logrados en reducción de emisiones y comprometen los objetivos climáticos regionales y nacionales.
La innovación, con la inteligencia artificial y los algoritmos verdes al frente, es una importante herramienta paras anticipar focos de riesgo, modelar el comportamiento del fuego y priorizar recursos de extinción en tiempo real. Integrar estas innovaciones en la gestión forestal puede convertir a Galicia en un referente europeo de resiliencia climática. La universidad, el sector privado y las instituciones públicas tienen la oportunidad de crear un hub gallego de innovación forestal, donde se desarrollen soluciones basadas en datos y se forme capital humano especializado.
La economía de los incendios es devastadora, pero también clara en su diagnóstico: invertir en prevención es más barato, más justo y más eficaz que apagar llamas cada verano. Galicia puede elegir resignarse a una espiral de incendios recurrentes o apostar por un nuevo modelo basado en prevención inteligente, innovación tecnológica y revalorización del medio rural. El reto es enorme, pero también lo es la oportunidad: transformar la tragedia en un punto de inflexión para que el monte vuelva a ser fuente de vida, riqueza y esperanza.