Alicia Giménez Bartlett, escritora: «Hoy escribe novela negra todo dios, lo digo sin ningún tipo de animadversión por los colegas»
FUGAS
Libros, amigos y naturaleza. Son a esta altura los tres ingredientes del cóctel favorito diario de esta maestra del «noir», que vuelve con la inspectora Petra Delicado a robustecer sensibilidades literarias
05 sep 2026 . Actualizado a las 14:05 h.Primer caso de Petra Delicado tras la muerte de su marido en un accidente de coche tras una bronca conyugal. Treinta años de oficio y un duelo que Petra no sabe por dónde pillar. La inspectora dura como una piedra en coraje y sensible como nadie ante los traumas del cuerpo de lo social vuelve con Bajo el cielo infernal. En años de oficio a Petra le gana su autora. ¿Es el suyo arte u oficio? «¡En todo arte hay oficio!», despeja Alicia Giménez Bartlett (Almansa, 1951).
—La novela es desde la primera frase fiel a su estilo, el de alguien sin miedo a mostrarse como es, mujer y viuda además. Abre el diccionario por la «d» de «duelo». ¿Tendrá tiempo para las fases del duelo Petra Delicado?
—El duelo se da de múltiples maneras. No hace falta tipificarlo. Cada uno lo ritualiza como quiere. Uno hace fiesta y otro enciende una velita. Si quieres a la persona que ha muerto, el duelo es continuo aunque no se note. Está contigo todo el tiempo.
—Pero Petra atraviesa el dolor con su mirada irónica, y con ese desapego desmonta las fases que se le ponen al duelo.
—Sí, absolutamente. Todo se tipifica, todo en tu carácter es un diagnóstico médico. El duelo no es tipificable, ese tratamiento me parece parodiable. Yo visité dos grupos de duelo y te das cuenta de que hay personas que no tienen los elementos para salir de ahí si no es con la ayuda del de al lado. Alguien que tiene elementos tiene libros, recuerdos, actividad intelectual... En algunas personas no es así, hay quien dice: «Lo que más me gusta ahora es comerme un pastel como esos que hacía mi mujer».
—Quizá el humor, ese toque irreverente, sofisticado y un punto macarra, es su arma singular en el «noir». ¿Cómo lo ve?
—Lo veo clarísimo. Yo creo que las demás están muy exploradas. En una novela negra la trama no va a sorprender a mucha gente, sino el ambiente, es estilo del autor. Y, desde luego, las novelas de Petra se caracterizan por la mirada desmitificadora y el humor. Antes en la novela negra era un ingrediente casi-casi necesario el humor, ahora se va perdiendo. Las vísceras al aire, la tortura de la víctima... Eso, para hacerlo yo, no me gusta y para leerlo tampoco.
—Se atreve con todo, machismo estructural, corrupción, la Iglesia... ¿Qué le da miedo?
—Hoy por hoy, pocas cosas. Y no es que sea de una valentía excepcional. Me da miedo el futuro de la especie. Soy viuda reciente, he perdido muchos miedos. Quizá por pasotismo, no por valentía.
—Siempre ha relativizado, ¿no?
—¡No hay otra! Ahora que hay noticias que no sabemos si son ciertas, cómo no vas a relativizar. Está Einstein con la teoría de la relatividad ¡y después..., voy yo!
—«Me maravilló la capacidad del catolicismo para formar una bola con todas las desgracias y de una patada apartarlas de la realidad del mundo». Esa manera de pensar de su inspectora choca en un resurgir místico. ¿Retrocedemos?
—Nunca hemos sido una sociedad ideal ni lo seremos. Pero se habían logrado cosas, sobre todo en España. Después de la dictadura se suponía que muchas cosas estaban superadas. Faltaba el tema femenino, pues no era un tema principal. Luego vas viendo que hay cosas que vamos para atrás. Da pena, joder. Habíamos luchado por la integración de la gente en la cultura, por la posibilidad de acceder a casi todo. Por no mitificar el matrimonio o la maternidad. Y de repente llega un punto en que eso ha variado. Hacia atrás.
—La sociedad es pendular...
—Me han tocado las dos partes del péndulo.
—¿Ve cierto eso que le dice Fermín a Petra de que hasta la mujer más audaz y avanzada acaba siendo una esposa convencional?
—Absolutamente. Te hablo por mi tiempo de juventud. Mi padre era republicano y ateo, pero yo iba a un colegio de monjas. ¿Qué aprendías? Por una parte, a ser escéptico. Por otra, te movías a veces entre los campos, «qué bonito casarse», cuando estás todo el tiempo luchando contra eso.
—¿Ha cambiado mucho la novela negra a lo largo de los 14 casos de Petra Delicado?
—Más que un cambio, ha sido un florecimiento. Cuando empecé los hombres eran pocos, no había presión para la novela negra. Y mujeres, estaba yo y dos pioneras maravillosas que escribieron un par de libros y lo dejaron. Me he dado cuenta de que se ha convertido muchas veces en una manera de obtener éxito fácil, y es peligroso. La novela negra se ha puesto de moda, hace novela negra gente francamente indocumentada desde el punto de vista cultural, cosa necesaria para cualquier libro, aunque sea de cocina. La literatura se había convertido en prestigio social, ahora es también una manera de ganar pasta, Hoy escribe novela negra todo dios, lo digo sin ningún tipo de animadversión por los colegas, que son tantos, que me da igual. Hoy sale un detective en cada ciudad de provincias, mujeres a punta pala que te cuentan sus temas de tipo sexual. La novela, del género que sea, ha de tener una mínima dignidad.
—Misterio y maneras, las dos cualidades clave, según Flannery O'Connor.
—Es una de mis ídolas.
—¿No teme a la IA?
—Como no acabo de entenderlo, me preocupa relativamente. Para buscar datos fiables es básico dominar el lenguaje, lo cual me ha tranquilizado muchísimo.
—¿Cómo se decidió a escribir una trama directa al poder eclesial?
—En Galicia voy a triunfar poco... Sois muy respetuosos con la religión (bueno, yo también lo soy)... Pero el humor, la ironía, el darle la vuelta a las cosas de manera sutil, yo lo he aprendido de mi gran cantidad de amigos gallegos. A veces es la pronunciación de la frase, que ya piensas: «Se está cargando irónicamente lo que dice». No tengo miedo de ser bien entendida.
—Le basta un párrafo en el capítulo 4 para hacernos conscientes de nuestra provisionalidad. Verdad como una casa en cuatro líneas.
—Y está además tipificada la manera de desaparecer. Mi marido era ingeniero de Caminos, se murió y en un año fui viendo cómo iba desapareciendo del Colegio de Caminos, de las comisiones de nosequé... No tienen que pasar 20 años, te mueres y desapareces en un año. Hay que saberlo y saber disculparlo. Somos muchos, y que te mueras es lo habitual.
—Quedas en la memoria del que te quiere.
—Cierto.
—¿Cómo le sienta el «cargo» de gran pionera del «thriller» moderno en España?
—Me imagino en la casa de la pradera apañándomelas como podía... Soy descreída. Ser la primera no significa ser mejor. Me gusta más que me digan: «Esta señora escribe muy bien» que digan que fui la primera con mi delantalito de cuadros. Los varones que estaban me recibieron muy bien, no hicieron ningún tipo de distinción. Entre los tipos del club de novela negra hay buena comunicación, una sensación de menos solemnidad.
—¿Es la literatura el refugio ante el «scroll» y los vicios más chorras que tenemos?
—Siempre ha sido un refugio. Y ves la cantidad de personas que leen... Es un don que tenemos y que no está desapareciendo. La literatura es la única arte que no tiene intermediario. Va directamente de la mente del escritor a la del lector. Directa a la emoción. Directa al pensamiento.