He elegido un verano a la sombra y con ventilador, aunque el aparato no es una opción, sino un modo simple de supervivencia climática en estos días tórridos que amenazan con dejar al aire nuestras vísceras putrefactas. Nada más triste que el cauce seco de los ríos y la maleza enhiesta, a un suspiro del fuego que lleva dentro. Basta un roce, una leve fricción para que el bosque estalle. Me resulta cruel este cielo seco y estos regatos que en lugar de agua llevan mercurio. Pesado, negro, algo venenoso, como el mundo a veces. En Israel, algunos pergeñan cárceles rodeadas de fosos con cocodrilos donde estarían los despojados de la tierra que ahora es suya, simplemente porque están allí, acosando a los últimos habitantes que resisten a duras penas, con estupor. Los colonos avanzan y rezan bajo un sol medieval al lado de los soldados que los protegen. En las fronteras la ley se desvanece como polvo del desierto en el viento. La humanidad también. Los cocodrilos están a salvo, un movimiento sensible al bienestar animal los ha protegido de su destino de vigilantes de palestinos. Nosotros también tenemos nuestras fronteras y nuestro sueño de castillo inexpugnable que se desmorona como los construidos con arena y agua de mar en las playas de agosto a las que algunos no vamos.
Preferimos cerrar los ojos a las multitudes, también a las niñas que duermen en las calles de una ciudad europea en África.
Por las noches, veo The Wire, que es el mejor resumen de lo que somos, aunque no estemos en el fin de siglo en Baltimore. Cómo me hubiese gustado escribirla. Es una serie, pero lo importante es la historia, el guion está presente todo el tiempo, por encima de los personajes, por encima de la cámara. La narración es impecable, sin trampas ni efectos especiales. No hay un actor malo, no hay una frase desaprovechable, no hay nada al servicio de una acción impostada. La lucha contra la droga de entonces podría ser la lucha contra la inmigración ilegal de ahora. Una batalla imposible en la que siempre pierden los mismos, los que nacen con las cartas marcadas mientras el dinero se filtra por las grietas del sistema como el agua por las simas de la tierra, cada vez más seca.