Ellas mandan en la escena del rap «underground» en Galicia: «Antes si eras rapera tenías que ser extremadamente bruta»

ALEJANDRO CASTILLO / A.A.

FUGAS

De izquierda a derecha: Beatriz Vicente (La Huerita), Paula Herrero (High Paw), Noelia García (Kali A.K.A. LaNegra) y Paula Sánchez (Pauliti666)
De izquierda a derecha: Beatriz Vicente (La Huerita), Paula Herrero (High Paw), Noelia García (Kali A.K.A. LaNegra) y Paula Sánchez (Pauliti666)

Una escena que estuvo décadas eclipsada por hombres revive ahora de la mano de varias artistas gallegas que vuelven al origen del estilo más clásico. Hablamos con ellas

21 ago 2026 . Actualizado a las 16:23 h.

La Sala Doppler de Vigo fue el escenario donde Beatriz Vicente González (Vigo, 1994) entendió que dedicarse al rap era una posibilidad real. Ahí dio su primer concierto con venta de entradas. Vivió una temporada en Nezahualcóyotl, municipio de México, donde su madre le repetía: «Baja la cabeza porque eres huera (rubia) y llamas mucho la atención aquí». Desde entonces la apodan La Huerita. En el 2020, mientras trabajaba como integradora social para poder costearse la carrera de Psicología, le diagnosticaron una diabetes tipo 1. «Si no fuera por la enfermedad, yo no hubiese empezado a hacer música. Me hice un tatuaje en la muñeca que dice: diabética tipo 1», relata.

A más de 180 kilómetros, en Lugo, Noelia García Blanco (Lugo, 1985) rapea descalza. «He vivido en la calle y cuando he ido así, la gente me miraba mucho. A día de hoy, una vez que ya soy madre, me da más vergüenza. Te cohíbes para que no juzguen a tu hija. Es una manera de representar a la diosa hindú Kali». Su apodo musical KaliA.K.A.LaNegra surgió de la admiración por esta diosa. Una noche, descubrió el rap en la radio, escuchando un programa de Jota Mayúscula. Grabó las canciones en una cinta y a la mañana siguiente despertó a su hermano para que las escuchara con ella. Empezó a rapear joven, pero no fue hasta los 30 cuando sintió que el hip hop underground estaba perdiendo el mensaje original: «Fue como una necesidad de decir: ‘Joder, si nadie más lo hace, pues tendré que ser yo’». García trabaja como técnica sociosanitaria con personas en situación de dependencia: «Amo mi trabajo, nunca lo dejaría por la música. Mis conciertos suelen ser gratuitos, para que todo el mundo disfrute de la cultura sin barreras económicas».

Paula Herrero (Vigo, 1993), más conocida como High Paw, hace algo distinto: experimenta la combinación de rap y reggae, dos géneros musicales que tienen muchas cosas en común, sobre todo, en sus raíces jamaicanas y afrodescendientes. «A mí me influye mucho el estilo rub-a-dub, de donde nace la figura de los primeros MCs, que en las fiestas improvisaban con el público. Eran esas personas que leían cuál era la vibra del público y hacían bromas», explica. En su puesta en escena existe una intención de conectar con las personas a través de la retranca gallega. Su epifanía musical le llegó a los 13 años, cuando formó su primera banda, Overhear. «Después de nuestro primer concierto ya lo tuve clarísimo», recuerda. Hoy, ya integrada en la escena musical viguesa, una de las más sólidas de Galicia, compagina su carrera artística mientras imparte clases de canto.

En la misma ciudad, Paula Méndez Sánchez (Vigo, 1999), conocida como LaPauliti666, empezó a canalizar su realidad a través de la escritura a los 15 años, en mitad de una clase de cultura clásica: «Nos ciegan las sustancias/ Es una putada que aún no sepamos prevenir consecuencias/Estoy reacia a todo lo que me venga...». Ha trabajado de camarera, dependienta, feriante, profesora de Matemáticas y, de forma muy constante, como manicurista. «He hecho de todo, menos ganar dinero con la música», bromea con ironía. Su visión de la industria es un bálsamo de honestidad: «Para mí, el éxito en la música es no tenerlo. Las personas que llegan muy alto se convierten en personajes y dejan de escribir lo que realmente sienten».

El rap se engloba en la cultura del hip-hop, un movimiento que posee una esencia social. «Es una música que nace de abajo hacia arriba, por eso se me hace inconcebible que exista uno que se denomine fascista. El rap tiene una vocación pedagógica que se ha ido perdiendo», reflexiona García. La realidad del rap en Galicia es diferente dependiendo del lugar en que te sitúes y Herrero, por su parte, reconoce las asimetrías del territorio gallego: «El rap tiene una tradición fuerte en lo urbano, pero siempre se nutre de la vida de los pueblos, por eso el estilo ha tardado en asentarse». Los núcleos urbanos con más movimiento siguen siendo A Coruña, Vigo y Santiago debido al apoyo local y a la infraestructura de espacios y salas de conciertos.

LEJOS DEL DISCURSO CERRADO

Esta misma escena, históricamente masculinizada, sigue mostrando costuras machistas. García señala el cuestionamiento constante sobre sus letras: «Me suelen preguntar si yo me escribo las letras, pero nunca he visto que le pregunten lo mismo a un hombre. Yo les respondo con versos: ‘Ser mujer es una mierda/ preguntan si hago yo mis letras/ otra de esas y te comes mis libretas’». A pesar de los obstáculos, se expande y se sacude de los viejos moldes. «En la escena hoy caben más tipos de personalidades. Antes, si eras rapera, parecía que tenías la obligación de ser extremadamente bruta o masculina. Si salías con una falda corta o mostrabas un lado más femenino, perdías toda la credibilidad. Se acepta la diversidad de estilos, actitudes y estéticas», apunta Herrero, quien en su carrera distendida, ha ido de gira por Europa, México y, recientemente, a California, y también ha colaborado en dos ocasiones con Manu Chao.

Sin embargo, esa conciencia compartida no se traduce en una misma postura frente a la política ni frente al feminismo, y evitan cualquier discurso cerrado. Méndez es la única que se declara feminista sin rodeos, aunque como todas sus colegas, se resiste a que el género determine su lugar en la escena: «No quiero que me regalen un sitio por ser mujer, ni que me lo quiten. Quiero ganármelo». Aunque habitan ciudades distintas, a La Huerita, Kali, High Paw y La Pauliti las une una corriente invisible de un movimiento que se materializa en las salas de Vigo, los locales de Santiago de Compostela y los festivales de la periferia gallega. Comparten una red de apoyo mutuo y una conciencia lúcida sobre los escollos añadidos que siguen enfrentando por el mero hecho de ser mujeres en un espacio que continúa siendo minoritariamente femenino. «Las artistas que ya tenemos una carrera afianzada estamos siempre completamente disponibles para cualquier chica joven que necesite orientación o apoyo. A quien tenga miedo de empezar, mi único consejo es: ''Hazlo con miedo''», sentencia Vicente.

FUTURO ILUSIONANTE

El futuro de las cuatro está lleno de rap. La irrupción de La Huerita en el panorama musical de Vigo fue meteórica. Subió una canción rudimentaria a YouTube y, a los pocos días, la distribuidora gallega Galunca se puso en contacto con ella para profesionalizar su contenido. Utilizó el dinero que tenía reservado para matricularse en la carrera y lo invirtió para rodar videoclips de calidad. Sus temas hablan de la depresión, las adicciones, el desamor, la hostilidad de la vida callejera y la resiliencia. Después de una pausa y de reordenar sus fuerzas está lista para volver al ruedo. Por su parte, Herrero se encuentra sumergida en la grabación de un nuevo trabajo con una nueva banda que cuenta con un bajista, un teclista, un batería y un corista. «Para mí el éxito es entrar a cualquier bar y escuchar mi música», sentencia. Sánchez prepara el lanzamiento del videoclip de su tema Antes de ser feliz, uno de sus favoritos. Mientras que García ultima un trabajo conjunto con su amigo de la infancia y músico, KST, y un disco conmemorativo por su décimo aniversario en los escenarios.

Si alguien se girara a ver la escena del rap dentro de mucho tiempo, el rastro de estas artistas estaría presente, dejando claro que el underground gallego es cosa de mujeres que se adueñaron del micrófono y lo defendieron con rimas o como resume la propia Herrero, con esa lucidez tan suya: «Si solo quedara mi música en el futuro, me gustaría que dijeran que era una gamberra y, sobre todo, que me lo pasé jodidamente bien». La música, desde los trovadores de la Edad Media, siempre ha tenido un rol de denunciar lo que pasa en su tiempo. Al final, no es una entelequia. «A veces hablamos de la música como si fuese un ente abstracto, pero la música es la gente que está detrás de ella», apunta.