A partir de algunas de las mejores obras de las letras españolas, Rosa Navarro Durán ofrece un banquete con fragmentos elegidos por su belleza, su ingenio y su sorprendente actualidad. Un nuevo libro de la catedrática que puso autor al «Lazarillo»
01 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.¿Algún escritor de hoy pasará a ser un clásico? La pregunta lanzada por un niño hizo reflexionar a Rosa Navarro Durán (Figueres, 1947), catedrática con más de 50 años de experiencia en la docencia y dos décadas adaptando clásicos para público infantil y juvenil. Su última obra, El festín de la palabra (Editorial Ariel), no es una antología de textos clásicos al uso, sino una invitación para lectores adultos a desempolvar las estanterías que guardan las grandes obras de la literatura española de las bibliotecas cada vez más escasas: «¿Te das cuenta de que en las casas cada vez hay menos libros clásicos?», se lamenta como una justificación más de su trabajo.
La filóloga catalana domina el secreto de la divulgación: «Citar y glosar, esa es mi clave». Su método consiste en dejar que el texto original hable, interviniendo solo lo necesario para descifrar arcaísmos sin «falsear» la evolución del lenguaje: «Los clásicos son muy cercanos», insiste, y en este libro se encarga de demostrarlo al rescatar pasajes que, lejos de ser piezas de museo, reviven con enseñanzas sobre la avaricia, el orgullo o la resiliencia que, pese a estar escritos hace siglos, siguen vigentes.
Su propuesta nace de una metáfora gastronómica: ofrecer fragmentos, catas de obras que van desde el siglo XII hasta mediados del XVII, seleccionadas no por su fama académica, sino por su capacidad de conectar con las emociones humanas más contemporáneas. En este banquete, el lector encontrará un Cid que se aleja del mito guerrero para revelarse como un padre angustiado por el bienestar de sus hijas; un Lazarillo que, lejos de la picaresca delictiva, encarna la solidaridad del hambre al compartir lo poco que tiene con sus amos; o una Princesa Ricomana —de Tirante el Blanco, obra menos conocida por el público general— que, en el siglo XV, reivindica el «más vale estar sola que mal acompañada».
Bajo la base de la divulgación, late el corazón de la investigadora. Navarro Durán no desaprovecha la oportunidad para introducir sus tesis filológicas más audaces: desde la autoría del Lazarillo de Tormes hasta su firme convicción de que María de Zayas fue un seudónimo y no una persona real, la autora desliza sus hallazgos, sin darles protagonismo, pero sin eludirlos.
Especialmente lúcida es su lectura de La vida es sueño. En lugar de recurrir al manido monólogo de Segismundo sobre la irrealidad en la obra cumbre de Calderón de la Barca —y de donde sale su título—, pone el foco en la humillación, ese sentimiento de vulnerabilidad que surge «cuando otro es testigo de la debilidad de uno mismo». Es esta capacidad de extraer «anzuelos» psicológicos lo que hace que la selección de Navarro Durán sea orgánica y necesaria.
Un puente entre siglos
El criterio es una mezcla de cronología y afecto. Obras icónicas como el Quijote, La Celestina o El conde Lucanor conviven con textos menos transitados para ofrecer veinte capítulos de una historia de la literatura «expurgada» pero esencial. Navarro Durán busca que el lector pierda el miedo al Siglo de Oro y entienda que la complejidad de estos autores no es una barrera, sino un espejo.
El festín de la palabra es, en última instancia, una invitación al optimismo. Para ella, la literatura es un organismo que necesita ser alimentado. Su libro recuerda que, aunque cambien las palabras, los sentimientos —el miedo al más allá del Don Juan o las trampas del halago que describe Don Juan Manuel— permanecen intactos. Es una obra que no solo se lee, se degusta, y que deja en el paladar la certeza de que ser clásico es, sencillamente, ser eterno.