En el cementerio de su pueblo han dedicado una lápida sobre una tumba sin cuerpo a Odisto, personaje de novela enterrado en una cuneta. Fue decirlo y sentir una ola de emoción avanzando fila a fila por el salón de actos, que estaba lleno. Con nuestros pelos de punta podríamos haber limado los barrotes que nos encierran en prejuicios o en silencios.
A veces las novelas hacen más por la memoria histórica que la buena, o mala, intención de los gobiernos. Más allá del éxito, que rara vez se perdona, deberíamos tener en cuenta el valor de esos libros que se convierten en algo más que un texto encuadernado. El de David Uclés se abrió paso por sí mismo, lector a lector, boca a oreja, abriendo caminos que no esperábamos, como si hiciera surcos en la tierra y nos obligara a todos a caer en ella y mirar los restos del país que fuimos no hace tantos años. ¿Cuánto de aquellos queda en nosotros? ¿El mal se hereda o simplemente es un sustrato del hombre, un pozo que llevamos dentro y en según qué condiciones se desata?
Odisto, el labriego de Jándula, ha de dejar las huertas y caminar por esa península de casas vacías y maldad con alas donde el fulgor de los bombardeos iluminaba los rostros y «con cada fulgor se apagaba una historia». En la guerra nadie embrida la crueldad. Todos sufren, los hunos y los hotros, en función de dónde les toque estar vivos, aunque, por supuesto, la guerra no la perdimos todos. Hubo un ganador y murió décadas después. Aún firmaba sentencias de muerte. Tampoco la empezaron todos, lo cual no evita el sadismo en ambos bandos. El personaje más repulsivo de la novela es un miliciano republicano y en la escena más terrible, Martina, con su pelo rapado y en las orillas del río es perseguida por una manada de chavales armados de diferente posición política pero unidos por su forma de aprovecharse del caos. La criatura desaparece al sentir la mordedura del muérdago, que alcanzaba a las niñas que eran violadas. Ahí me hubiese hecho falta aún más fantasía, más magia, más imágenes oníricas para soportar la realidad.
A Eva, la agorera, también le harán una estatua. Podremos ir todos a verla a la plaza del pueblo donde dio luz al amargo futuro, a todas las inmundicias que estaban por llegar.