Los motivos de guerra ahora pueden ser docenas o ninguno, el miedo a las armas nucleares o a los misiles iraníes que nacen soñando con destruir Israel o el aburrimiento vital del sociópata que da fiestas para cientos de personas que pagan por estar allí. Trump ni siquiera es capaz de asumir el coste de los canapés que ofrece a sus invitados, que en realidad no lo son, solo son súbditos haciendo ofrendas a su señor para poder entrar en el castillo. En el salón de baile de Mar-a-Lago únicamente falta el trono, si es que no lo hay, y de él se ausenta el emperador para declarar la guerra con su gorra hortera a modo de corona. Por supuesto, si tuviera que escoger entre susto o muerte preferiría que nos invadieran los americanos antes que los ayatolás, que por mí pueden irse al mismo infierno al que mandaron a las mujeres iraníes cubiertas de velos y silencio. Era una niña en aquellos años que se cantaba «Jomeini, cabrito, ponte tú el velito». Ya entonces me estremecía al imaginar lo que sería como perder el sol, el aire, el agua del mar. Todo desaparecía para aquellas chicas que lucían su belleza en las playas o en las universidades o en las discotecas. Puede que las iraníes sean las habitantes más guapas del mundo, frivolidad que me permito porque tener esas melenas negras, espesas y no poder sentir el aire sobre ellas me parece un crimen de lesa humanidad. Últimamente me siento como la protagonista de Siempre hemos vivido en el castillo, el clásico de Shirley Jackson. Merricat salía de la mansión aislada donde vivía con su extraña familia a hacer la compra al pueblo y se cruzaba con «toda aquella gente fea, de rostro malvado» a la que quería ver volatilizarse.
No quiero que muera nadie, pero si una bomba se carga, sin seres vivos dentro, el Palma Jumeirah o algún rascacielos de Dubái, no lloraría. En lujo estrambótico edificado sobre el desierto que solo ofrece exclusividad, los ricos son atendidos por personas que viven en régimen de semiesclavitud cobrando en un mes lo que cuesta la habitación más barata en un día. Cuánta necesidad de justicia, lo malo es que la social no existe y en la divina no creo. Menos mal que nos queda la justicia poética. ¿Vosotros la veis?