Amar a los poetas

Mercedes Corbillón

FUGAS

Elizabeth Barret.
Elizabeth Barret.

28 feb 2026 . Actualizado a las 22:17 h.

Extraño Venecia, esa sensación de trasponer un umbral entre lo real y lo soñado, de vivir en medio de la representación, de abolir las fronteras del arte. Salir de la estación es como rajar un lienzo y meterte dentro. Lo único equiparable a esa grieta es un beso de alguien a quien amas, pero el amor es más esquivo y menos sereno que la ciudad, que sobrevive al tiempo gracias a la ingeniería, que la libra del acoso de las mareas. La laguna es verde y tranquila y atraviesa la ciudad por el gran canal. Orillándolo está el palacio Ca’ Rezzonico, un edificio poderoso diseñado por Longuena. En el lateral, una placa recuerda que allí murió Robert Browning, poeta inglés del que no conozco ningún verso, pero sí su historia de amor, uno de esos relatos que también enredan la ficción con lo real. Un cuento decimonónico, pero poco trágico, aunque empezó con la asfixia de aquella Inglaterra embutida en corsés victorianos que apretaban las cinturas y la moral de las damas. Elizabeth Barret, además de estar aprisionada por las ballenas de su ropa interior, vivía casi encerrada en su mansión de Marylebone. Como compañía tenía a su criada, Wilson, y a su perro Flush, un cocker spaniel que en otro siglo Virginia Woolf convertiría en protagonista de una deliciosa biografía. En su cuarto escribía versos que trascendían los muros que casi nunca abandonaba, «protegida» como se hallaba por un padre angustiado por su salud delicada. Tenía 39 años, una edad provecta en aquel entonces. Probablemente, había dejado de soñar con el cuerpo, pero sus poemas, respetados por los bardos de la época, llegaron a Robert, seis años más joven y entregado admirador. Comenzaron una correspondencia que acabaría con matrimonio a escondidas y fuga a Florencia. En Italia, Flush corretearía sin miedo a las pulgas y Elizabeth y Robert se amarían sin miedo a crear cada uno lo suyo, aunque él le sobrevivió décadas hasta ir a morir en un palacio de Venecia. De Elizabeth podemos leer Aurora Leigh en una edición preciosa de Alba. «Y vosotros, los grandes poetas, ¿soy como vosotros y por eso os amo… o bien os amo para ser como vosotros?».