Inés Garland: «Las emociones tienen una sola puerta, si se la cierras a la tristeza la alegría tampoco entra»
FUGAS
«Hay más de 50 síntomas asociados a la menopausia y los médicos no lo saben», advierte la escritora, que muda de piel a golpe de hormona y literatura en «Diario de una mudanza», un volcán que nos derrite con verdades frías en cálida prosa
30 nov 2025 . Actualizado a las 17:44 h.Para perderle miedo a mudarse, para dejar de embalar ideas establecidas y mudar de mirada y de piel sirve Diario de una mudanza, colección literaria de apuntes de Inés Garland (Buenos Aires, 1960) donde aflora el climaterio con esplendor crepuscular, la guerra fría de los sexos, más de una confesión y ecos de gente excepcional, como Mavis Galant, John Berger o Bette Howland.
Esta mudanza es el principio de algo.
—Advierte que confundimos climaterio y menopausia. ¿Perdimos los matices al pasar del silencio a frivolizar con todo tipo de productos para perimenopáusicas?
—Es eso. Se vio el negocio y nos fuimos totalmente de camino; se pierde la esencia profunda para tratar de convertir el tema en una cuestión de mercado.
«Estoy leyendo a May Sarton, 'Diario de una soledad', y habla de cuestiones que tienen que ver con el climaterio sin saber que se trata específicamente de eso...»
—Las maternidades reales y extravagantes han salido a las páginas. Climaterio y menopausia muy poco. Gioconda Belli y pocas más. ¿Siente que abre un camino?
—Pienso que el libro solo podía haber sido escrito por una mujer de esta edad, pero no es específicamente sobre climaterio. Es la visión de una vida entera, desde la juventud, y pasa por la maternidad, las lecturas, sus encuentros. Es la mirada sobre el mundo de una mujer de esa edad, y el contexto es el climaterio. Quizá eso haga que sea distinto a un ensayo. Hay ensayos sobre el climaterio, pero en la literatura pasa poco. Yo no siento que inauguro, todo ha sido hecho antes. Estoy leyendo a May Sarton, Diario de una soledad, y habla de cuestiones que tienen que ver con el climaterio sin saber que se trata específicamente de eso. Depresión y cosas que le pasaban, pero se ve que no se habían ubicado como síntomas asociados a la bajada de estrógenos.
—¿Muy distinto es en los hombres?
—En la novela los llamo a compartir, pero no lo hablan. Pero el lío hormonal que se nos arma a nosotras es diferente. Toda la vida lo es. Ellos tienen andropausia, pero les dan Viagra y pueden mirar para otro lado... Sí tienen el sentimiento de finitud, de estar envejeciendo, pero es como si a ellos les hubieran enseñado a ser patitos sobre las cosas, a no profundizar.
—Socialmente se trabaja eso bastante...
—Bueno, sí... Y es conveniente usar al otro de espejo: «Mira cómo se queja y yo en cambio soy fuerte». No fue hace tanto que podías cortarle la cabeza a tu mujer reina si no tenía varones... Venimos de ahí. Hay mucho que cambiar.
—Este es el diario de varias mudanzas, una de hogar, otra de la piel. ¿Qué mudanza la empujó más a escribir?
—Una mudanza real, de mi barrio a las afueras. La mudanza de cuerpo fue posterior, pero venía escribiendo en mi cuaderno mis síntomas. Cuando escribo estoy buscando cosas que no termino de entender. Con la cantidad de estímulos que hay (mudanza de casa, de vida, de piel, de punto de vista, de pareja...), yo no podría con tal cantidad de mudanzas si no fuera porque escribo. Si no, no entiendo qué me está pasando que me da semejante turbulencia emocional. Estuve cuatro años anotando en desorden y después me senté a ecualizarlo, a acomodar fragmentos.
—«El mes de marzo en que las fichas de los médicos anotan mi menopausia se murió mi padre», escribe. ¿Fue así?
—En realidad, no. Mi padre murió antes. Por eso junté mudanzas. Pero hay momento en que las fichas caen todas juntas. ¿Cómo puede pasar todo a la vez?: que se vaya mi hija, que se muera mi padre y tener ese cambio físico en mi cuerpo, esa mudanza emocional... Fue un tsunami en el que me costó acomodar.
«Hay más de 50 síntomas asociados a la menopausia y no lo sabemos. Es impresionante que los médicos no lo sepan»
—¿Sabemos qué es la menopausia?
—Si tenemos suerte. Hay más de 50 síntomas asociados a la menopausia y no lo sabemos. Es impresionante que los médicos no lo sepan, que no relacionen.
—¿Es lugar fértil la literatura para esto?
—La literatura da cuenta de lo que nos pasa. Esto tiene que aparecer, y que se vaya la vergüenza en las mujeres.
—¿Tiende a perderse tanto como cuenta en «Diario de una mudanza»?
—¿Si te digo que llegué al cuarto del hotel con la lengua fuera porque me perdí en el hotel, me creerías? Escribo para ordenarme. Voy caminando y mirando y escuchando a la gente, historias, cosas, y se me arma un mar ahí dentro. Tengo que ponerle orden.
«Las emociones tienen una sola puerta. Si le cierras la puerta a la tristeza, la alegría tampoco entra. No entra nada»
—¿La alegría se parece a la tristeza? La poeta Luz Pozo solía decir que las personas alegres son las más tristes.
—Qué lindura... Hay un poema de Rumi que dice que «el ser humano es una casa de huéspedes» donde van entrando las emociones. Yo creo que las emociones tienen una sola puerta. Si le cierras la puerta a la tristeza, la alegría tampoco entra. Tardé en darme cuenta. Si tienes miedo, y te defiendes, por esa puerta no entra nada.
—¿Existe, se ha definido, lo que llama en su diario «el síndrome del corazón en la caverna»?
—Lo inventé yo para nombrar mis sensaciones. Es arritmia. Sientes el corazón, pum, pum, pum, pum... y es como que todo lo demás desaparece. Hay una pausa. El síndrome del corazón en la caverna fue uno de mis síntomas; no me agarró de joven, sino en la menopausia. Parece que el corazón deja de latir, y es aterrador. Es como si toda yo fuese una caverna con un corazón en el medio. Yo lo siento así.
—Desnuda los mandatos femeninos que se heredan. ¿Nace lo que escribe del deseo de desobecer, de rebelarse?
—Absolutamente, y de cuestionar y pelear contra ideas como «Detrás de un gran hombre hay una gran mujer». Escribir es peleón. Pero yo no peleo solo por mí.