El hallazgo de un libro

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

Carlos casares, en su casa de O Vilariño, en Nigrán.
Carlos casares, en su casa de O Vilariño, en Nigrán. RAMON LOUREIRO

01 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Sin duda debe de haber, en lo más hondo de nuestro corazón, un lugar en el que reposan, unos junto a otros y a menudo dormidos, los recuerdos de los momentos de más intensa alegría de nuestra vida: la memoria de esos instantes en los que, de tan contentos como estábamos, llegamos a sentir algo muy parecido a la felicidad. Muchos de esos momentos, como es natural, están unidos a grandes acontecimientos —como el nacimiento de un hijo, sin ir más lejos—. Pero otros, en cambio —y es de estos de los que quería hablarles ahora—, permanecen unidos a esas pequeñas cosas a las que no siempre sabemos dar el valor que tienen, aunque sean capaces de hacer del mundo un lugar inmensamente mejor. Recuerdo muy bien, por ejemplo —y estoy seguro de que a muchos de ustedes les sucede otro tanto, ya me dirán...—, lo mucho que representaba para mí, de niño, un tebeo nuevo. Y ya no digamos que me regalasen un libro ilustrado, que generalmente era una adaptación, para el público infantil, de algún clásico universal, como el Quijote, la Odisea o Las mil y una noches.

Ánxel Fole, en una imagen tomada el día que se le hizo entrega del Pedrón de Ouro.
Ánxel Fole, en una imagen tomada el día que se le hizo entrega del Pedrón de Ouro.

Ya se sabe que la verdadera felicidad nada tiene que ver con la diversión, aunque a menudo se crea lo contrario. La felicidad no nace de lo que se tiene, sino de lo que uno es capaz de dar a los demás. Pero determinadas lecturas puedan hacer a veces que la vida se ilumine como cuando éramos niños. A mí me pasó ayer, cuando encontré un libro de Carlos Casares que no había leído: una pequeña biografía de Ánxel Fole, una maravilla, que me permitió regresar a un tiempo en el que el mundo era muy hermoso y muy grande.