La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos ha premiado un trabajo (doi.org/10.1073/pnas.2422968122) que desarrolla una ciencia de frontera, desde la biología a la computación, la estadística y la física, y que concluye que la aparición de las células complejas, como las nuestras, fue «un suceso inevitable».
El trabajo es un ejemplo de ciencia lenta: 32 años desde la primera pregunta entre Bascompte y Bartolo Luque hasta la publicación de la solución. Estos autores reflejan los avatares de la ciencia española. Dos trabajan fuera, en Suiza y Alemania, y los otros dos en España (Madrid y Valencia). Bascompte, además, firmó aquella carta abierta titulada «Por qué nos fuimos (y por qué volveríamos)», publicada con Carlos Duarte y Óscar Marín en el 2015, en plena crisis de la especial mala gestión del CSIC (2012-2017) y de la ciencia en España. Y no volvieron.
El trabajo trae a la actualidad la controversia entre cantidad y calidad de la ciencia. O la «ciencia al peso» y la «ciencia pensada». Un trabajo imposible en el marco conceptual de la «ciencia al peso», una ciencia que produce más de dos millones y medio de artículos científicos al año. La ciencia necesita tiempo para pensar, tiempo para leer y tiempo para fallar, ciencia lenta. Una alternativa a publicar o morir. Un determinismo terrible que, si en los inicios de una carrera investigadora es comprensible, no es tolerable en científicos con posición consolidada, como cada vez con más frecuencia se está constatando. Véase el índice de retractación de artículos y de revistas científicas depredadoras.
Son aspectos a considerar también en la ciencia del mar, donde las ciencias ocultas tampoco existen, y donde, sin saber del conocimiento previo acumulado, tampoco es posible hacer ciencia de calidad, la slow science.
En Marine Policy (doi.org/10.1016/j.marpol.2026.107061), con Diana Zúñiga, pusimos en evidencia que la investigación en ecología de las rías gallegas no se puede abordar —sin riesgo de deformarla— ignorando lo establecido por el conocimiento previo, aquel que es posible encontrar, por ejemplo, en los trabajos de Manuel Sánchez, Buenaventura Andreu o Fernando Fraga, o de los holandeses Otto y Koldijc, y, en aquellos de los años 70 y 80, de Ken Tenore y su grupo del programa Spanish-American Rias Study (SARS) de cooperación con EE.UU., y los de quienes continuaron trabajando. Porque si se obvia, o ignora, el conocimiento establecido es imposible pensar y formular las preguntas para desarrollar una ciencia de frontera. Una ciencia apresurada, o con datos carentes de rigor, o afirmaciones especulativas que, en lugar de actuar como motor de conocimiento al ser probadas si tal sucede, se convierten en asertos sin fundamento o en errores graves; un agotador mundo de sinsentidos que, en lugar de hacernos comprender la realidad, nos abocan al fracaso al no ser capaces de resolver con la ciencia los problemas planteados. Una ciencia al peso y estéril de riesgo cierto, que asoma por demás aquí y ahora.