Estamos en el mundo que estamos. Hace ya unos cuantos años lo habitual en los colegios era la jornada partida, que los alumnos que no vivían muy lejos se fueran a casa a mediodía, donde les esperaba un menú habitualmente confeccionado con tiempo y amor. El cariño no ha cambiado, pero las familias no pueden elaborar guisos y eso se nota en el aumento espectacular de las plazas de comedor escolar. Lo que hace un tiempo estaba pensado para atender a unos pocos ahora es una necesidad para casi todos.
Cada vez son más los colegios que elaboran sus propios platos o que los reciben de cocinas industriales y menos los niños que pueden permitirse unas lentejas tradicionales o, incluso, un filete con patatas de casa.
Los comedores, en su versión más evolucionada, vienen a sustituir a aquellas mesas familiares en las que uno aprendía a educar su gusto y sus modales viendo, simplemente, como se comportaban padres y abuelos. Y no es poca la responsabilidad que recae sobre los equipos directivos también en materia de nutrición y en este campo unos van mucho más adelantados que otros.
Otra cosa es el acceso a la prestación en si misma. En el Bergantiños reclaman más plazas para que no se les quede nadie fuera. También demandan que vivir en un barrio u otro de Carballo sea motivo de discriminación. El domicilio familiar no puede perjudicar el acceso a los servicios públicos.
Hay criterios más justos como la conciliación o la renta, aunque en eso también suele haber trampas y todos conocemos casos. Lo que está claro es que o hay para todos o es necesario encontrar mecanismos que garanticen el equilibrio.