En nuestro entorno más próximo, en nuestra comarca, al igual que en cualquier curruncho de España, todos creemos -lo afirmamos con rotundidad- que no somos xenófobos, ni homófobos, ni machistas. Pero esa declaración rimbombante se desvanece como humo a poco que nos reúnan en manada o sea el subconsciente quien dirija lo que hacemos y decimos. Desde los chistes facilones a los comentarios y actitudes más hirientes y reprobables. Incluida también esa mofa cómplice en nuestro grupo de confianza.
Por eso, cuando en el estadio de Cornellá, donde jugaba la selección española de fútbol un partido amistoso contra Egipto, primero se pitó ostensiblemente su himno y después, en dos ocasiones, un amplio número de espectadores coreó «musulmán el que no bote» se puso de manifiesto que tenemos un problema. Y lo más preocupante, que ese problema, lejos de menguar, crece.
La actitud de la Federación Española de Fútbol, de la UEFA y de la FIFA en estos temas es un clásico tan penoso como real: mecerse según soplen los vientos económicos y no la razón o la justicia. Nadie activó el protocolo que marcan sus propias normas y paró el partido. Para la posteridad queda esa imagen vergonzosa de los aficionados de un país que en cuatro años albergará un mundial de fútbol. Pasa igual en nuestros ámbitos más estrechos y cercanos. No afeamos conductas o hechos y, por tanto, somos cómplices necesarios en el incremento del odio hacia todo lo que creemos distinto. Porque, no nos engañemos, es odio.