El final de la teoría

Emilio Sanmamed
Emilio Sanmamed LIJA Y TERCIOPELO

BARBANZA

Amanecer en Ribeira
Amanecer en Ribeira CARMELA QUEIJEIRO

02 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay un momento en la vida de un hombre en el que la teoría se derrumba como una estantería mal anclada. Puedes haber leído todos los libros sobre filosofía o moral; puedes haber subrayado frases de griegos que parecían sostenerte. Pero un día un bebé te mira —te ve de verdad— y cree en ti. Y entonces todo salta por los aires. Porque ya no se trata de pensar, ni de opinar, ni de escribir sobre lo que uno haría: se trata de hacerlo. De hacerlo siempre.

Los hijos no escuchan tanto nuestras palabras como nuestras manos. Observan qué haces cuando estás cansado, cuando te enfadas, cuando tienes ganas de llorar. Ahí está el único sermón posible y no admite impostura. No se puede fingir durante años ante alguien que te mira como si fueras el mapa del mundo. Los niños detectan la verdad con una precisión casi cruel. Si flaqueas, lo sabrán antes de poder nombrarlo y crecerán hacia esa grieta, imitándola o huyendo de ella.

Por eso, quizá, ser padre no consiste en no tener miedo sino en escoger cada día parecer valiente. No por orgullo, por responsabilidad. Se acaba la teoría y empieza una práctica menos brillante pero infinitamente más profunda y honesta. Y en ese ejercicio torpe, repetido, a veces agotador, se va construyendo algo parecido a una vida.

Ni siquiera se trata de ser un ejemplo perfecto, sino un ejemplo posible. Alguien que cae y vuelve, que duda y aun así avanza. Los hijos no necesitan héroes sin grietas, sino refugios con luz. Y esa luz, imperfecta pero siempre encendida, es la luz de nuestra casa, de nuestra ría y de la cocina de las abuelas.