
El mundo entero se parece cada vez más al plató de la Isla de las Tentaciones, con nosotras, las personas normales del mundo entero, en estado de temblor permanente ante la posibilidad cierta de que una voz como la de Sandra Barneda profiera desde el más allá que hay más imágenes para nosotras y que nos preparemos para sufrir. Parece ya claro que asistimos a uno de esos retrocesos históricos que quienes vengan leerán en las tablets de la historia y que, aunque ahora se manifieste en la brutalidad institucional de Trump y sus secuaces, lleva tiempo dando síntomas, como demuestran cada día todos los terraplanistas con los que convivimos, ufanos portavoces de cuán estúpido puede manifestarse el ser humano.
Hay otros síntomas más sutiles. Este les parecerá menor pero el Gobierno actualizó el lunes los datos del consumo de pescado y la caída libre se consolida. Comemos casi un cuarenta por ciento menos de peixe que hace diez años, un desastre para la salud pero también una catástrofe cultural y económica. Hace unos días, Baiona celebraba la llegada al pueblo de la carabela Pinta en el año 1493. Fue la primera localidad que supo que Colón había chocado con una Tierra desconocida al otro lado del océano. Desconocida para los de aquí. La Festa da Arribada conmemora ese hecho con el conocido despliegue interpretativo del pasado del que en Galicia hay sobredosis. Alguna investigación psicoanalítica habría que hacer para descubrir a qué se debe esta obsesión por el faldón y la dulzaina. La cuestión es que en Baiona el símbolo gastronómico de la fiesta es el choripán, con el pimentón del chorizo como ingrediente distintivo. Pimentón que, por cierto, llegó de América. Ni una triste xouba que llevarse a la boca. Ya somos más un país de raxo que de parrochas.