
En un futuro no muy lejano, los herederos de Donald Trump tendrán que hacer frente a una demanda millonaria del Congreso de Estados Unidos. Les pedirán daños y perjuicios por haber destrozado públicamente la imagen de su país. Y usarán como prueba el show que montó el miércoles para declarar, en medio de chascarrillos, falsedades y bravatas, la guerra comercial a casi todos los países del mundo, incluso a una isla habitada solo por pingüinos, dejando fuera a Rusia o Corea del Norte.
El anuncio de las tarifas, más parecido a un bingo de una verbena que a un acto del jefe de Estado de una potencia, ha provocado un terremoto económico, con caídas vertiginosas y generalizadas en todos los mercados. Y una avalancha de memes en las redes. Pongo tres ejemplos: «Voy a construir un muro alrededor de la Antártida y van a pagar los pingüinos», «los pingüinos van a pagar por lo que han hecho a nuestro país» y «los pingüinos nos han estado estafando durante años».
Si el fondo del asunto no fuera tan grave, podríamos reírnos con el chiste, pero no. Trump ha sacado del armario de la historia un discurso autárquico que hubiera firmado Franco. Y a la vez ha confirmado la caída en desgracia de su «bro» Elon Musk. Ni estaba ni le esperaban (como al general Armada en palacio durante el 23F) en un reality emitido después de que cerrara Wall Street. ¿Quién dijo miedo, Donald?