El problema no son las universidades privadas

Santiago Calvo
Santiago Calvo EL LIBERAL

OPINIÓN

ALBERTO LÓPEZ

02 abr 2025 . Actualizado a las 12:06 h.

No es la primera vez que un Gobierno confunde el síntoma con la enfermedad. En el Consejo de Ministros del 1 de abril ha aprobado limitar la creación de nuevas universidades privadas en España. Se nos dice que es para frenar supuestos chiringuitos educativos y proteger la igualdad de oportunidades. Sin embargo, la verdadera asignatura pendiente de nuestra educación superior no es la existencia de universidades privadas, sino la falta de competencia real y de libertad educativa.

Durante años, el sistema universitario (público y privado) ha operado bajo indicadores de calidad y acreditación que poco tienen que ver con las necesidades de la economía productiva. Se premian trámites burocráticos, publicaciones en revistas académicas de dudosa relevancia práctica y la acumulación de sellos oficiales. Pero ¿de qué sirve todo ese aparato si no fomenta la innovación ni garantiza que los graduados salgan preparados para un mercado laboral cambiante? La universidad, pública o privada, debería ser motor de progreso y adaptación, no un mero dispensador de títulos colgados en la pared.

El problema de fondo es la ausencia de una competencia efectiva que obligue a todas las universidades a mejorar. En un ecosistema sin verdaderos incentivos para innovar, muchos centros (públicos y privados) caen en la complacencia. Demonizar a las privadas es disparar al blanco equivocado: las carencias de la universidad española no se solucionarán cerrando la puerta a nuevos proyectos educativos, sino abriendo el campo de juego a la emulación y la excelencia. Si falta libertad para experimentar con nuevos enfoques docentes o crear titulaciones adaptadas a las nuevas realidades, perdemos todos.

Un ejemplo lo encontramos en la economista e historiadora Deirdre McCloskey, investida la semana pasada doctora honoris causa por la Universidad de las Hespérides. McCloskey defiende que las ideas, la libertad y la innovación son los motores del crecimiento económico. No le falta razón: cada país que ha prosperado lo ha hecho permitiendo que florezcan la iniciativa y el ingenio. ¿Por qué habría de ser distinto en la esfera académica? Necesitamos que nuestras universidades, con independencia de su titularidad, tengan margen para innovar, competir por ofrecer la mejor educación y cultivar el pensamiento crítico.

Tiene razón el presidente del Gobierno en algo: la universidad no debe ser una «máquina expendedora de títulos». Pero para evitarlo no basta con poner trabas burocráticas o declarar la guerra a las privadas. La solución pasa por introducir aire fresco en un sistema anquilosado: más libertad para crear y crecer, mejores métricas enfocadas en resultados reales y un entorno de competencia que premie al que lo hace bien. Solo así la universidad española dejará de repetir curso y podrá graduarse, por fin, con honores en el siglo XXI.