Argumentar las propias posturas o intentar disuadir al prójimo de las suyas, si no las compartimos, nada tiene de malo. Al revés, tratar de convencer con razones es un ejercicio muy sano, muy conveniente: manifestación y garantía de libertad. Intentar persuadir por otros medios supone siempre algún tipo de violencia, no necesariamente física. Ocurre cuando se censuran ciertos asuntos en la discusión pública, aunque, por supuesto, nadie lo reconozca ni justifique con razones. Tal proceder señaliza casi siempre ámbitos autoritarios cargados de sentimentalismo. De manera que si alguien da razones en contra se le considerará, en el mejor de los casos, «poco empático», uno de los peores insultos de nuestro tiempo junto con «aburrido». Pasa con algunos nacionalismos y con casi todos los demás ?ismos. Están blindados porque, como decía esta misma semana alguien que no recuerdo, es imposible convencer con razones a quienes han adquirido sus ideas prescindiendo de cualquier razón.

Un articulista llegaba a defender en El País, también esta semana, que lo que hace peligrar la democracia no es la falta de empatía, como muchos dicen, sino su exceso. Un exceso, claro, hacia los del propio lado que engendra odio hacia los que no piensan igual, y cuyas razones se descartan en automático, como en las redes: me gusta, no me gusta. Ese proceder, decía él, sí que polariza la sociedad. Y nace de un empacho de empatía, de un sentimentalismo atroz que se antepone a las razones y las desprecia. O eres como nos gusta o eres nuestro enemigo. Sin fisuras. Se acabó.

 Así produjo Obama a Trump. Así produce Pedro Sánchez cada vez más Vox. Quizá duela reconocerlo, pero los datos seguirán ahí.

@pacosanchez

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