La familia georgiana que se convirtió en gallega a orillas del Sisalde

Carlos Portolés
Carlos Portolés A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

La iglesia ortodoxa celebró un bautizo que reunió a fieles de varios países

27 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Nina Kelberashvili es natural de Tiflis, capital de Georgia. Desde el 2021, —«año Xacobeo», puntualiza ella— vive en Galicia. Vino como parte de los Cuerpos Europeos de Solidaridad, un programa de voluntariado impulsado por la UE que se centra en prestar servicios de interés social en todos los rincones del continente.

Aquí se enamoró de un ourensano, Rubén Rodríguez. Juntos se instalaron en A Coruña, que es ahora su hogar. Lo que iba a ser una estancia corta se convirtió en un volantazo drástico. Sin perder el recuerdo de su querida tierra, Nina se mimetizó hasta volverse en una coruñesa más. Ella y su familia son un engranaje importante de la reducida pero compacta comunidad ortodoxa de la iglesia de San Juan Crisóstomo, en la plaza Luis Seoane, templo pastoreado por el afable padre Dámaso.

Nina y Rubén vivieron este lunes en Arteixo una de las jornadas más solemnes de sus vidas. Bautizaron a su hija de cinco meses siguiendo el rito clásico de su confesión —lo que los ortodoxos llaman «la tradición de los primeros cristianos»—. Es decir, con la inmersión del cuerpo de la iniciada en el agua de un río. En este caso, del Sisalde.

La lista de invitados fue larga porque la ocasión lo merecía. «La jornada fue un verdadero encuentro de culturas. Contamos con la presencia de mis padres, Nikoloz Kelberashvili e Ia Kapanadze, tíos y primos también georgianos, residentes en Padrón. Tuvimos la suerte de contar con el cantante de ópera Georgiano, Vako Robanishvili, que nos deleitó con diversas interpretaciones. También participaron feligreses y amigos de nuestra parroquia compuesta por ortodoxos de diversas latitudes, gallegos de Coruña, Ferrol, Vigo y Lugo, y también de Alemania, Colombia, Rusia», recuerda Nina.

Una torre de Babel con final feliz. A lo largo y ancho del acto se entremezclaron los himnos en gallego y las canciones en georgiano. Una amalgama poco habitual que, sin embargo, en el seno de este colectivo religioso se disuelve en una sola sustancia con total naturalidad.

En la cultura georgiana, las figuras del padrino y la madrina mantienen vinculación con la familia durante nueve generaciones. Por eso hay que elegir a los titulares con especial cuidado. Los honores (y la responsabilidad) recayeron sobre dos íntimos amigos del matrimonio, Santiago Guerra y Paula Álvarez. Ambos Gallegos. Se completó así, entre las verdes hierbas que rodean el fluir de un río arteixano, el abrazo de dos naciones separadas por más de 4.000 kilómetros.

El festejo fue también la excusa perfecta para volver a ver a la rama sanguínea que nunca dejó su lugar de origen. Los abuelos georgianos pudieron conocer a su nieta coruñesa. «Para mis padres, esta fue su segunda visita a Galicia. La primera fue en nuestra boda, también celebrada en nuestra parroquia ortodoxa, San Juan Crisóstomo, por el Padre Dámaso. Ahora han podido volver a experimentar la hospitalidad gallega. Vivieron esta celebración con enorme emoción, sintiéndose acogidos y conectados con la comunidad local».

Este templo ha ocupado un rol angular en las vidas de Nina y Rubén. Fue allí, recuerda ella, donde se conocieron. Y no acaban ahí las repeticiones. Fue justamente en el caudal del Sisalde donde Rubén selló su conversión a la fe ortodoxa. Un reinicio que ahora conduce su vida.