Isabel Navarro
Martes, 7 de abril 2026, 15:24
Existe el mito de que tenemos un despertador interno que nos dice cuándo abrir el ojo. Pero una cosa es el querer y otra, muy ... distinta, el poder. Despertarse no duele, pero incomoda, y hasta los insomnes (o sobre todo ellos) suelen estar en lo mejor de la fase REM cuando el deber los empuja a abandonar la horizontalidad y ponerse en pie. Siendo la necesidad eterna, no hay civilización que no haya contado con su método despertador. En el mundo preindustrial, la gente solía despertarse mediante señales naturales y rutinas diarias, ya fuera el canto del gallo o el mugido de las vacas. Según Fatima Yaqoot, profesora de salud del sueño en la Universidad de Sunshine Coast, en Australia: «La vida diaria seguía el ritmo del amanecer y el atardecer que moldeaba los ritmos circadianos. De hecho, la gente solía orientar sus camas hacia el este, que es por donde sale el sol».
Los griegos crearon sistemas hidráulicos con pájaros mecánicos que sonaban al subir la marea, y se dice que Platón utilizó una clepsidra (reloj de agua) que producía un sonido similar al de una tetera para despertar a sus alumnos. En la antigua China se introducían clavos en las velas y, conforme se iba derritiendo la cera, caían en una bandeja de metal cuyo ruido despertaba al durmiente. Se considera que el primer despertador mecánico fue obra del relojero estadounidense Levi Hutchins, pero no lo patentó ni comercializó, y su diseño solo funcionaba a una hora fija: las cuatro de la mañana, que es cuando él tenía que levantarse. Durante la Revolución Industrial británica, las fábricas se enfrentaron a la necesidad de una estricta puntualidad. El obrero que llegara cinco minutos tarde podía retrasar toda una cadena de montaje, lo que suponía una pérdida para las ganancias de sus empleadores.
El francés Antoine Redier patentó el primer despertador mecánico ajustable, que permitía establecer diferentes horas de alarma, pero eran demasiado caros, así que los obreros no podían acceder a ellos. Necesitaban, por tanto, una forma de despertarse a tiempo, especialmente durante los oscuros meses de invierno. Con el fin de no perder dinero, las fábricas intentaron usar silbatos y campanas, pero a menudo resultaban métodos poco fiables. Así que en su lugar surgió toda una profesión dedicada a sacar a la gente de la cama: los 'despertadores humanos'. La persona-despertador disponía de una lista de direcciones y horas en la que tenía que acudir a las casas. A veces recorría las calles antes del amanecer con una vara larga con la que golpeaba en la ventana de los dormitorios de los clientes que los habían contratado; pero lo más habitual era el uso de cerbatanas para lanzar guisantes secos o piedrecitas contra las ventanas.
Antes de retirarse, se aseguraban de que la persona quedara despierta, y hasta que recibían respuesta no se movían. En Gran Bretaña, el oficio de despertador lo realizaban hombres mayores, mujeres y las personas que hacían la ronda para apagar las lámparas de gas de las calles y querían algún dinero extra. La práctica se extendió hasta la década de 1970. Pero, en cuanto los relojes de alarma y la electricidad se generalizaron, el oficio de knocker-up dejó de tener sentido y se perdió, como tantos otros, sustituidos por la tecnología (aunque algunas madres lo siguen ejerciendo).
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Isabel Navarro
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