He disfrutado mucho en estos días con la lectura de El último brindis (Harper Collins), la primera novela de Julián Quirós, director de ABC ... , que retrata el derrumbamiento del Partido Popular en la Comunidad Valenciana, entre 2009 (cuando el presidente Camps fue imputado por un delito de cohecho impropio del que, a la postre, resultaría exculpado) y 2016 (cuando fallece quien había sido alcaldesa de Valencia, Rita Barberá). La novela tiene la gracia de ser una original crónica de episodios que el autor conoció muy de cerca, como director del diario Las Provincias; pero todos estos episodios son tratados de forma novelesca, no sólo porque el autor se permita en su narración licencias de la fantasía que no admitiríamos en una crónica periodística, sino porque los personajes son tratados de un modo completamente diverso a cómo serían tratados por un periodista.
El periodismo tiene la misión primordial de establecer la verdad sobre hechos concretos, alumbrando y haciendo más inteligible la realidad. En esta labor de alumbramiento, ocupa un lugar principal, desde luego, el 'factor humano', pues lo que ocurre en nuestro derredor es, en gran medida, producto de decisiones humanas; pero el periodismo, que debe valorar las acciones humanas, no tiene por qué adentrarse en esos recovecos del alma que las explican plenamente. Por poner un ejemplo que nada tiene que ver con la novela de Quirós, ante un político cualquiera que gasta mucho dinero en putas, la misión del periodismo es determinar si el estipendio que esas putas le exigen se paga a costa del erario público. En cambio, la misión de la literatura es muy diversa: mucho más importante que determinar si las putas son pagadas con dinero público resulta saber si el político las contrata porque es un vicioso o porque está necesitado de compañía, porque tiene una pulsión sexual bulímica o porque se quedó huérfano de niño y busca en las putas el amor de la madre que le falta, etcétera. La obligación del periodista es denunciar al político que se gasta el dinero público en casas de lenocinio; la obligación del novelista es comprender las razones que conducen a ese político a gastarse el dinero en putas.
En El último brindis aparecen multitud de personajes que cometieron actos reprobables, en algunos casos incluso delictivos; a otros, en cambio, sólo se los puede acusar de no haber sido diligentes o vigilantes; y los hay que son gente que simplemente pasaba por allí –«santos inocentes», los designa Quirós– y fue arrastrada injustamente por aquella riada de corrupción, con consecuencias personales muy onerosas. A todos los mira Quirós con piedad, a todos trata de comprenderlos como sólo el novelista puede hacer: con compasión auténtica, que no consiste en negar la naturaleza reprobable o delictiva de sus acciones, sino en adentrarse en esos desvanes o retretes del alma donde se cocinan nuestras acciones. Y en esos desvanes o retretes, junto a inmundicias más o menos fétidas, junto a armatostes polvorientos, se descubren retazos de vida incógnita y palpitante, a veces ridículos, a veces conmovedores, a veces siniestros, a veces luminosos, a veces aflictivos, a veces cómicos. Y el novelista puede entonces escribir sabiendo que hasta la persona más culpable puede cobijar rescoldos de inocencia, y viceversa; porque cada ser humano, allá en sus precipicios más hondos, es un misterio. Y ese misterio, que el periodismo no tiene por qué alumbrar (entre otras razones, porque no es su cometido), en cambio es la materia prima de la auténtica literatura. De hecho, las malas novelas se distinguen por que sus personajes nos resultan planos, muy esquemáticamente trazados; mientras que las buenas novelas se distinguen por que sus personajes ocultan dobleces y ambivalencias que nos desconciertan, de tal modo que a veces personajes aparentemente malvados nos resultan atractivos y buenecitos profesionales nos resultan repelentes (y, entre medas, una infinita y gozosa gama de grises).
En El último brindis, Quirós com-padece a sus criaturas, padece con ellas sus miserias y pecados, ofreciendo paisajes muy amenos de riqueza y variedad humana en medio del derrumbamiento que su novela narra. Así logra, por ejemplo, que Rita Barberá nos resulte un personaje conmovedor; que el fiscal que persigue a los 'malos' nos resulte un resentido; o que el director del periódico (sin duda, un trasunto del propio autor) sea tan débil o lastimoso –y a la vez tan digno o abnegado– como los personajes a los que denuncia. Porque el novelista Quirós sabe que todos estamos hechos de la misma pasta (de la misma massa perditionis) y todos podemos redimirnos, siquiera novelescamente. Ese es el secreto de la buena literatura.
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