Elena Garro fue una escritora que pagó el precio más alto por su honestidad intelectual: el ostracismo, la persecución y el olvido deliberado. Pionera del ... realismo mágico antes de que García Márquez publicara Cien años de soledad, Garro construyó una obra literaria innovadora mientras navegaba entre la violencia machista de su matrimonio con Octavio Paz, la precariedad económica y una élite intelectual mexicana que nunca le perdonó su independencia de criterio.
Garro tenía esa característica que los círculos de poder no toleran: la imposibilidad de someterse ni a verdades oficiales ni a una oposición performativa. Durante los años sesenta criticó sistemáticamente a los intelectuales mexicanos por su servilismo ante el gobierno, por anteponer las becas y prebendas estatales a la coherencia ética. Lo hacía públicamente, sin concesiones.
Esta franqueza resultó devastadora cuando México vivió uno de sus episodios más oscuros: la masacre de Tlatelolco en 1968, donde el ejército atacó a estudiantes reunidos en la plaza de las Tres Culturas. Las cifras oficiales hablaron de veinte muertos; la realidad apunta a más de doscientos. En ese contexto convulso, Garro quedó atrapada en una tormenta política diseñada para aniquilarla.
Tras la masacre, fue falsamente acusada de participar en un complot comunista para derrocar al gobierno. La acusación era absurda: Garro había cuestionado duramente al movimiento estudiantil, llamándolos «terroristas» en artículos de prensa y acusándolos de dejarse manipular por intereses políticos. Pero la verdad no importaba. El gobierno necesitaba chivos expiatorios y la intelectualidad mexicana, mayoritariamente solidaria con los estudiantes (aunque sólo fuera de boquilla), aprovechó para saldar cuentas con quien los había señalado durante años. Y las amenazas de muerte llegaron. La Dirección Federal de Seguridad, el órgano represivo del régimen, la retuvo junto con su hija, Helena, durante dos meses en un hotel de Ciudad de México. Los archivos desclasificados confirman que fue espiada; sus diarios documentan allanamientos a su casa. Pero sus enemigos la tildaron de loca, de mitómana, de paranoica.
En 1972 abandonó México. No regresaría hasta 1993, veintiún años después.
Si la élite intelectual fue cruel, Octavio Paz representó otra forma de violencia. El futuro Premio Nobel no soportaba que Garro fuera escritora. Llegó a obligarla a destruir sus propias obras. Esta violencia condenó a Garro a crear bajo condiciones extremas, luchando no sólo contra la pobreza, sino contra la negación sistemática de su talento por parte de quien compartía su vida. La experiencia quedó reflejada en Testimonios de Mariana (Bamba Editorial), una formidable novela que recoge su convivencia con Paz en París y Nueva York desde 1946 hasta 1957: maltrato físico, insultos, abusos, aislamiento…
Esa dinámica explica también el ensañamiento posterior. La sombra del poeta ganador del Nobel continuó oscureciendo la obra de Garro incluso décadas después de su separación.
Hoy, editoriales españolas como Bamba están publicando y revalorizando su obra. Se reconoce por fin su condición de pionera del realismo mágico. Pero la justicia llega tarde e incompleta.
Elena Garro fue castigada por no arrodillarse ante nadie: ni ante su marido ni ante el poder político ni ante la vanidad intelectual de sus contemporáneos. Pagó con dos décadas de exilio y el deliberado olvido de su genio literario. Su historia nos recuerda que el canon cultural no solo se construye con talento, sino también con las relaciones de poder que determinan quién merece ser recordado y quién debe ser borrado.
Sobre la firma
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
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