Rafael Atienza, a quien mucho admiro, me ha enviado unas reflexiones sobre el halago que me siento incapaz de superar. En ellas distingue entre halagadores ... zafios y halagadores inteligentes y señala que es una suerte que la mayoría sean zafios, porque todos somos sensibles al halago, y cuanto más refinado sea, más posibilidades tiene el adulador de conseguir su propósito. Afirma también que, en realidad, la vanidad está reñida con el orgullo. Porque 'orgullo' viene del germánico urgoli, que significa 'excelente', 'insigne'. «Quien tiene autoestima –dice Atienza– no necesita de la aprobación ajena: es orgulloso y, por tanto, puede ser modesto». Es el inseguro quien necesita del buen juicio ajeno. Por eso el orgulloso es libre y el vanidoso, esclavo; el orgulloso es persona y el vanidoso, solo personaje.
Me han hecho pensar estas ideas, porque soy absolutamente negada para el halago, nula en el noble arte de hacer la pelota, y siempre he pensado que es un gran fallo en mi forma de ser. Por supuesto, estoy de acuerdo con Rafael Atienza en que las personas más sensibles a la adulación son las inseguras. Pero la complicación se presenta cuando descubre uno que las personas inseguras son legión. Más aún, ocupan puestos relevantes, son presidentes de grandes potencias, tecnócratas multimillonarios, empresarios de éxito estratosférico. Supongo que no hace falta citar nombres de vanidosos relevantes, pero uno se pasma al comprobar cómo cuanto más encumbrado es el personaje, más necesidad tiene de que le den pomada, le bailen el agua y le rían todas las gracias. Tampoco ayuda que muchos de ellos tengan un componente de infantilismo preocupante. Es como si sufrieran mal de altura, una anoxia propia de las cumbres, que les nubla las entendederas y los vuelve vulnerables a las zalamerías más burdas. Ocurre incluso con los inteligentes y geniales (se dice, por ejemplo, que Napoleón era especialmente sensible a ellas). Pero en cuanto sucede con mentes menos privilegiadas, llega a causar estupor, cuando no risa. Como digo, yo soy nula a la hora de hacer la pelota. Por eso vi con vergüenza ajena cómo María Corina Machado entregaba a Trump su medalla de ganadora del Premio Nobel de la Paz y él la recibía con la satisfacción de esos nenes que, tras una pataleta, consiguen que les den el sonajero que, creían, debía ser suyo. Un sometimiento un poco penoso para mi gusto. Pero ya ven, me equivoqué, antigua y desubicada que es una. Ese acto genuflexo era la jugada de ajedrez correcta y ahora María Corina se ha instalado en Washington, está al habla permanente con Marco Rubio y, más importante aún, Trump piensa que «She is great», lo que, en el depauperado léxico que maneja, significa que cuenta con sus parabienes. Difícil arte este del halago, porque no pocas veces implica agachar la cabeza y tragar uno cuantos sapos (véase el caso de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, que, si por él fuera, le regalaría Groenlandia a los Estados Unidos envuelto en celofán y con un lacito). Maquiavelo tenía una visión bastante cínica sobre el halago. Según él, los seres humanos somos fáciles de engañar, bajamos la guardia ante el lisonjeador, aunque sea burdo, y alguien que parece rendido partidario nuestro de inmediato se convierte en una persona a tener en cuenta. Por eso, halaga que algo queda, y hazlo sin sonrojo e inmoderadamente porque toda adulación es poca cuando la arrogancia es grande. Eso no lo dice Maquiavelo, sino servidora, que, al tiempo que escribe este artículo, intenta grabar en su torpe mollera estas premisas. Dicho esto, me gustaría acabar estas reflexiones sobre tan útil herramienta recordando que la adulación y el halago pueden ser una trampa mortal para los vanidosos. Según La Rochefoucauld, la persona sensible a este tipo de masajeos del ego es persona desarmada y candidata firme a la manipulación. Por eso en esta vida es aconsejable no confundir dos conceptos que parecen similares, pero son muy distintos: el elogio y el halago. Y la diferencia entre uno y otro es que uno es sincero y el otro, interesado. Una diferencia nada desdeñable cuando uno tiene que discernir entre verdad y mentira, admirador y pelota, partidario y aprovechado y, más importante aún, entre aprobación o manipulación.
Sobre la firma
Carmen de Posadas es una escritora uruguaya nacionalizada española. Ganadora del Premio Planeta en 1998 con «Pequeñas infamias»
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