Algo que contar
Cabalgar una pavesa
«Ese hombre mira las llamas. De vez en cuando aviva el fuego con un atizador».
Andrés Trapiello
Qué subyugante y sugestiva es la visión del fuego en una chimenea. La literatura española está llena de escenas parecidas.
Alguien llega una noche de ... invierno a una venta. Fuera llueve. Al abrir el portalón del zaguán se cuela un golpe de aire gélido y una tromba de agua encharca algunas lajas. Alrededor de una mesa hay unos huéspedes que, curiosos, vuelven sus cabezas, pero al punto se desentienden del recién llegado, y siguen conversando.
El viajero esparce su mirada alrededor, y da unos pasos hacia la chimenea. Arden en el llar tres o cuatro tueros de encina. El resplandor del fuego ilumina la estancia. No hay otra luz, que allí es hepática y hace temblotear las sombras. Frente al fuego hay un tipo de aspecto inquietante. Él no se ha movido cuando la tromba de aire helado le golpeó la nuca. A su lado, una silla vacía. Ha puesto en ella a secar una pesada capa, que desprende un vapor blanquecino y un acusado olor a establo. Ese hombre mira las llamas. De vez en cuando aviva el fuego con un atizador. Se levanta entonces una columna de centellas, que huyen por el tiro como trasgos borrachos. El viajero saluda al tipo sombrío, pero este no le contesta, absorto como está en despertar centellas.
El diccionario no distingue bien entre centellas y pavesas. De estas dice que son «partecillas que saltan de una materia inflamada y que acaban convirtiéndose en ceniza». De las centellas asegura que son «chispas», sinónimo también de pavesas.
El viajero es, además, un extranjero que recorre el territorio, anotando las cosas que llaman su atención. Es, cree, un país de locos y teme que nadie le crea cuando cuente a otros, como Falstaff, «las cosas que hemos visto».
Él ha visto de todo: a los ministros del señor feudal robando a mansalva, beodos y lascivos, sin el menor recato, y reírse de aquellos que les reclamaban un poco de decoro. Ha visto a los servidores del Estado, que juraron sus leyes, citarse en fétidos y oscuros callejones con ladrones y asesinos, repartirse con ellos el botín y urdir nuevos crímenes y latrocinios. Ha visto a los predicadores proclamar desde los púlpitos en pleno día que era de noche, y lo más increíble: convencer a su feligresía. Se halló presente incluso la tarde que tuvo lugar la representación del famoso entremés El retablo de las maravillas (por cierto, al niño que proclamó que el rey iba desnudo se lo llevaron al callejón y acabaron con su vida, a la voz de «provocador»). Fue testigo también de una invasión del reino vecino que codiciaba desde antaño un par de plazas fuertes; parlamentaron los embajadores de ambos reinos, y el invadido, como donaire, se precipitó a enviarle al otro el tributo de las cien doncellas.
Para entonces, los ministros beodos y lascivos esperaban en prisión el indulto que redactó en persona el presidente del Consejo. Mientras tanto, otros ministros, envalentonados por la impunidad, lograron al fin la cuadratura de un círculo vicioso: no dar nada a pesar de tenerlo todo, haciendo creer lo contrario a la plebe, que aun teniendo muy poco, estaban dispuestos a dar mucho. Y muchos lo creyeron.
La noche que llegó a la venta el viajero, este ya no tenía qué contar en sus cuadernos.
Los huéspedes se habían retirado. Quedaban ellos dos tan sólo. Los leños se habían consumido y la estancia, fría y oscura, invitaba a marcharse. Aquel tipo huesudo de tez calcárea y ojos hundidos tenía algo satánico. Impresionaba el aire glacial de su mirada. Removió con el hurgón las brasas, de las que se levantaron dos o tres pavesas exhaustas. En una de ellas el viajero creyó reconocer la cara de una falsa anciana bondadosa, en otra el rostro de Marianne, efigie de la República, en otra el Espíritu del Miedo.
El extranjero se levantó para irse a dormir. A pesar de no haber intercambiado una palabra con él en toda la velada, deseó las buenas noches al hombre macilento. Y éste le respondió sin apartar los ojos de las negras cenizas:
–Yo me quedo. Yo no me voy. Malo será que no pueda cabalgar una de esas pavesas y pegarle fuego a todo, incluida esta venta. Y todo será mío.